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MIS CINES DE BARRIO

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Para mi pequeña, en su día

Desde muy niño fui aficionado al cine. En una época donde no existían el Vhs o el Dvd, y cuando la televisión recién ingresaba tímidamente a los hogares, ir al cine era ingresar al lugar de entretención por excelencia. Naturalmente, mis primeros cines fueron los de mi barrio, los más cercanos a mi casa: el Western ubicado en el Jirón Risso, justo a la vuelta de donde vivía, con su fachada sobria, convertido hoy en iglesia evangélica, sitio de preferencia para la Peña Ferrando cuando venía a Lince, con sus categorías de platea baja, laterales, platea alta y la popular cazuela. Era curiosa esa división de platea baja y laterales, división en base a un tenue cordón fácil de eludir al momento de proyectar la película. (Sería que en aquella época todavía se respetaban las normas, por más tenues que fuesen, como esos cordones). Allí presencié El expreso de Von Ryan, ambientada en la II Guerra Mundial, con Frank Sinatra, que ayudaba a escapar a un grupo de prisioneros de guerra y, pobrecito, al final los nazis lo mataban. Buena película de acción que hace algún tiempo la volví a ver en dvd. Igual Zulú, que hice “pataleta” para verla, hasta que por cansancio mi madre accedió. Eran los tiempos del racismo desenfadado, de tufillo colonial, así que los negritos, bien brutos, se dejaban matar como moscas por unos cuantos blancos más inteligentes y hábiles que ellos. También me acuerdo de Vendaval en Jamaica, con Anthony Quinn, que sale bien librado del juzgamiento como pirata que urde alguien que no lo quiere mucho, terminando con una atronadora sonrisa cachosa del actor. Y sobretodo me acuerdo de El planeta de los simios, la versión con Charlton Heston, que desde la primera vez me fascinó. Sigue siendo la mejor, a pesar de sus gorilas de goma y piedras de cartón, superior a la que hizo Tim Burton años después y que contó con presupuesto millonario y efectos digitales por doquier.

En los cines existían los lunes femeninos, ese día las mujeres no pagaban entrada si iban acompañadas de un caballero (resabios de la cultura machista). Solo contaban tres funciones: matiné, vermú y noche, que obedecían al ambiente todavía calmo de la capital, donde se regresaba a almorzar a casa y de paso tomar una breve siesta. Los hombres iban en terno al cine, muchos con pañuelo en el bolsillo superior del saco o una flor en el ojal, rematando la indumentaria el clásico sombrero cubriendo la cabeza. Se fumaba mucho antes, durante y después de la proyección (fumar todavía no era dañino para la salud) y en las funciones largas existía el intermedio para ir a comprar una gaseosa o un chocolate, o por lo menos estirar las piernas. Como ya tomaba el cine con mucha seriedad, quedando absorto con la película, no era un buen cliente de la chocolatería, pero a veces, cuando iba con mi mamá o íbamos con algún compañero de su trabajo (era bastante joven y atractiva cuando se separó de mi padre, yo tenía apenas cuatro años y un poco se adelantó a una época que todavía condenaba a las mujeres divorciadas) me “ganaba” con algún chocolate o gaseosa a mitad de función. Era la época de la ingenuidad y la ensoñación, de los maravillosos años sesenta, del rock and roll, la liberación sexual y los movimientos sociales, cuando tenías el corazón contento y lleno de alegría, y el amor estaba en el aire, y los vientos no presagiaban ni por asomo lo que vendría después.

El cine Western era mi preferido, proyectaba casi todas las películas que habían estado en las salas de estreno, más lujosas y caras. Una de esas salas era el Roma. Impresionaba entrar. Sus pisos alfombrados, los controladores (los tradicionales “boleteros”) correctamente uniformados, con gorra, corbata y saco incluido, la chocolatería con finos chocolates importados -aunque el sabroso y nacional Sublime no tenía competencia-. Entrando, debajo del écran, existía un invernadero con plantas naturales que le daba un toque especial al ambiente. Era como estar en una sala de cine y un vivero a la vez. Las butacas comodísimas, mullidas, suaves, que daban ganas de dormir ahí mismo. Estaba a unas diez cuadras de mi casa, así que debíamos tomar un colectivo (un carro grandazo de seis cilindros que hacía el recorrido por toda la avenida Arequipa) para llegar hasta allá. He visto varias películas en el Roma, pero la que guardo con especial afecto en mi memoria es 2001: odisea del espacio de Stanley Kubrick, aunque como en algunos amores, la primera impresión no fue la mejor. Mi madre me llevó a su estreno, en función de vermú, luego del trabajo. Debo confesar que aquella vez la película no me impresionó, es más, me aburrió de cabo a rabo y en algunos tramos me preguntaba cuándo terminaba ya. Un niño de doce años nutrido con los comics, las películas de ciencia ficción y seriales que pasaban en la tele o las vistas en el cine, se preguntaba a qué hora salen los marcianos y los platillos voladores, y en cambio veía una computadora que “se rayó”, un astronauta que en pocos minutos pasa de la adultez a la vejez para luego renacer y un monolito impertinente que a cada rato aparecía. Debí esperar diez años más, ya crecido y con una cinefilia más sólida, para comprenderla y tomarle cariño y considerarla como una de mis películas favoritas de todos los tiempos. De allí en adelante debo haberla visto infinidad de veces y me la conozco de memoria. “La catedral de la ciencia ficción”.

Años después y ya en la década de los ochenta, los administradores del Roma tuvieron buen olfato con algunas cintas que, con el retorno de la democracia y el fin de la censura, pudieron ser exhibidas. Calígula o El imperio de los sentidos causaron llenos totales de sala por semanas enteras. Ver a Malcolm McDowell (el de La naranja mecánica) gesticular como loco mientras tenía sexo con su hermana Drusilla o a Sada amputando el pene a su difunto amante, impactó a los todavía pacatos limeños. Los revendedores hicieron su agosto, ofreciendo las entradas al doble del precio; pero, en los noventa el Roma ya estaba golpeado por la fuerte crisis que sufrieron los grandes cines. Recuerdo que una de las últimas películas que visioné allí fue El silencio de los inocentes, acompañado de una ex que era un poco rayada y que se completó de rayar al ver cómo el doctor Hannibal Lecter se comía vivos a sus víctimas (por cierto, y dicho sea de paso, siempre me han tocado parejas “rayadas”, hasta la actual). El cine no era el de antes. Las butacas estaban descuidadas, algunas habían perdido el asiento o el respaldar, los boleteros ya no se encontraban correctamente uniformados, sino en camisa y sin corbata, las señoras que atendían estaban con las medias de nylon corridas que evidenciaban unas piernas hinchadas y con várices, mientras que la chocolatería lucía deslucida con apenas unos dulces desperdigados por aquí y allá. El Roma abriría sus puertas de nuevo algunos años después como una gris oficina de jubilaciones del estado (la eufemística Oficina de Normalización Previsional).

Otro cine de lujo cercano al Roma era el cine Azul, llamado precisamente así por el color predominante de su fachada y su interior. No pertenecía a Lince propiamente, sino a Santa Beatriz (como el Roma), inaugurado en la década del cuarenta cuando dicha urbanización estaba poblada por una clase media pujante con automóvil propio, chalecitos y hasta castillo incluido (el famoso castillo Rospigliosi). Estaba más cerca de mi casa, así que podía ir a pie. La primera vez debe haber sido de niño, con una de mis tías. Lo que más me llamó la atención fueron los palcos. Nunca he visto otro cine con palcos como a la usanza de los teatros (dicen que el antiguo cine Excelsior también los tenía). Todavía llegué a subirme a uno de ellos y hasta inicios de la década del setenta estuvieron habilitados. Después parece que los cerraron en vista que las parejas lo usaban para otros fines menos el ver tranquilamente una película. La que más guardo en la memoria fue El Decameron, que supuse la vería por fin (eso pensaba) cuando se abolió la censura. Resulta que cuando los militares gobernaban el país, el Roma la quiso proyectar, la sala estaba repleta y faltando pocos minutos un teniente del ejército “incautó” la cinta por “órdenes superiores”. Como en esa época no había recurso de amparo que nos ampare y sí más bien armas al ristre que salían de un camión portatropas como si los espectadores fuéramos un grupo de terroristas armados, tuvimos que salir resignados de la sala. Ya restaurada la democracia, el Azul la iba a exhibir, pero faltando también pocos minutos para la proyección, con sala igualmente a full, la película no venía. Era la época en que un muchacho en motocicleta, cuál chasqui motorizado, iba de cine en cine con los rollos de la película, sin embargo al Azul nunca llegó por algún extraño motivo que hasta el día de hoy no ha sido descubierto y se ha convertido en un misterio sin resolver, mismos “Expedientes X”, así que otra vez entre resignados y fastidiados debimos abandonar la sala. Algún tiempo después podría ver por fin tranquilamente la primera película de la “trilogía de la vida” de Pasolini y hasta ahora la conservo en mi memoria: vital, fresca y hermosa.

Dentro de los cines de barrio estaba también el Independencia. Se ubicada en la avenida Militar, cerca a la Municipalidad de Lince y frente a mi colegio de primaria “Las Américas”. Era un cine reciclador de películas de estreno, convirtiéndome en un caserito habitual. Allí pude ver la continuación de El planeta de los simios –Bajo el planeta de los simios- con James Franciscus y Charlton Heston en aparición breve. El epílogo era oscuro, con el fin de la Tierra en plena época de la amenaza atómica; pero la taquilla fue tan persuasiva que los productores hicieron tres partes más, la última con sabor a “new age” y onda hippie, muy acorde con la época que vivíamos. Las butacas del Independencia no eran nada cómodas y la proyección muchas veces pecaba de defectuosa, pero a los chicos de entonces más les gustaba saltar y jugar por la sala y encima de los asientos, así que las comodidades no nos preocupaban demasiado, aparte que la entrada era bastante barata y se encontraba al alcance de nuestras propinas. Actualmente está cerrado y me llama la atención que ninguna iglesia o bingo lo haya adquirido, a pesar de estar a media cuadra de la Plaza de Armas de Lince.

Un poco más arriba estaba el cine Alianza, en la avenida José Gálvez, ese sí era un cine de barrio barrio. Se le llamaba Alianza por qué estaba lindante al barrio de La Victoria, barrio grone y fiel seguidor del club Alianza Lima, aparte que en la cuadra donde estaba ubicado predominaban los morenos, gente sencilla, trabajadora y que naturalmente el equipo de fútbol de sus amores era el de la blanquiazul (en esa cuadra de José Gálvez ningún “blanquiñoso” podía gritar “y dale U” bajo pena de ser linchado y si quería “entrarle” a una de las preciosas morenas que vivían por allí tenía que convertirse de grado o fuerza al club grone, con exhibición obligada de camiseta y asistir religiosamente a los partidos del clásico dando vivas a la blanquiazul). La verdad que nunca entré al cine Alianza, aunque pasaba por allí cerca. Sólo entré una vez en mi vida, cuando ya no funcionaba como sala de cine. Me invitó un grupo místico que adquirió el local para sede principal de sus eventos, a fin de dar una conferencia sobre un tema filosófico-esotérico-metafísico que la verdad no recuerdo el título. Pasaba que un colega donde yo enseñaba pertenecía a esa asociación que creía en las revelaciones del divino cordero y en los ovnis al mismo tiempo. Un poco en la onda de la era de acuario y la película 2001. Era alucinante esa combinación que habían hecho, donde Cristo habría venido en un platillo volador de un planeta lejano muy lejano, proveniente de una civilización más avanzada que la nuestra, a fin que la humanidad progrese gracias a su mensaje, dado que nosotros estábamos en el universo más atrasados que escolar de colegio público. Solo faltaba el monolito de 2001 para completar el cuadro, pero realmente eran tipos simpáticos, medio locos, pero simpáticos.

En aquellos años estaba en mi última –e infructuosa- búsqueda de una razón divina para mi existencia y la esperanza de creer en un ser superior. (De veras que le puse empeño a esa última búsqueda). Como ya había salido hacía mucho tiempo de mi iglesia nodriza, la iglesia católica, y los evangélicos no me llamaban demasiado la atención (había asistido en algunas ocasiones a sus reuniones gracias a una chica, alumna mía, con la cual pese a la diferencia de años nos llevábamos bastante bien), comencé a buscar otros caminos más bien místicos-esotéricos y recalé en un grupo con cierta antigüedad en el país y con una sede a la usanza de los castillos medievales ubicada en pleno corazón del distrito de Breña. Nueva Acrópolis fue una estación de mi vida y si bien de las enseñanzas místicas-filosóficas-esotéricas no queda nada luego de mi breve paso por allí, ni llegué a ser un “caballero Jedi”, sí aprendí la disciplina en el trabajo y a organizar mejor mi tiempo, así como el esfuerzo que se debe poner en todo lo que se hace. Eso se lo debo a ellos.

Otro cine también de barrio barrio era el Ollanta, con nombre incásico y en pleno corazón de Lince. Pasaban películas “de romanos” y de gladiadores. Allí conocí a Maciste, Ulises, Hércules, Simbad y a la reina de Saba, casi todas películas italianas en blanco y negro. Pasaban también los spaghetti western, con un joven Clint Eastwood, aunque en esa época no me llamaban mucho la atención. Luego el Ollanta pasó a ser también iglesia evangélica. Solo asistí una vez como tal, debido a la ordenación como teólogo del hermano mayor de esta muchacha (que de evangélica tenía bastante poco). La sala conservaba su arquitectura original, salvo que en la dulcería ahora se vendían Biblias, casettes religiosos y otros libros de lectura piadosa. Preferí no volver nunca más y conservarlo en la memoria tal como fue en mi niñez.

Un cine cercano, donde iba regularmente, era el Alhambra. Impresionante por sus murales moriscos, presencié algunos filmes, sobretodo los sábados por la tarde, cuando me había desocupado de las tareas escolares. Estaba en la zona “pituca” de Lince, lindante con el distrito de San Isidro. Recuerdo haber visto allí María Estuardo, reina de Escocia, con una imponente y todavía joven Vanessa Redgrave como la reina católica y, en contraposición, Glenda Jackson como la reina Elizabeth que debía cimentar un imperio. Choque de caracteres. Ahora está convertido en un bingo, aunque han respetado su fachada. Igual pasaba con otro cine ubicado en la actual avenida César Vallejo, el Country. El Country tenía una deliciosa confitería, quedaba a pocas cuadras del edificio El Dorado. Había sido un cine de gala en otros tiempos, pero en los últimos años, antes de su cierre definitivo, lucía ya una decadencia imparable. También se convirtió en iglesia evangélica.

En cambio el Ambassador quedaba un poco más abajo, cerca al mercado Nº 2 de Lince; pero, a diferencia del Country, fue demolido para construir un complejo multifamiliar de Mi Vivienda. Para sobrevivir en los últimos años se convirtió también en reciclador de películas. Una de ellas fue quizás la primera o una de las primeras cintas que usaron efectos digitales. Creo que se titulaba Tron, película de ciencia ficción y aventuras. Si bien el filme fue recibido con frialdad en su momento, hay que reconocer que se adelantó a su época y como sucede con infinidad de casos similares, al inicio ni el público ni los productores comprendieron lo que tenían delante.

Otros cines de estreno y que propiamente quedaban en San Isidro, pero cerca a mi casa, eran el Orrantia, donde presencié por primera vez Woodstock: 3 días de paz, música y amor, memorable documental sobre el concierto de rock que cerró toda una gran época: la de los prodigiosos años 60. Tenía tres niveles como los viejos cines: platea baja, platea alta y la popular cazuela, con precios diferenciados por nivel y si estabas corto de fondos te ibas arriba, a la cazuela, cerca al techo pero más entretenida y bullanguera. En cambio, el cine San Isidro, solo con platea baja y mezanine, más circunspecto, trató de conservar su antigua prosapia. Recuerdo que todavía funcionaba hasta bien entrados los años noventa y con su infraestructura en buen estado. Era como esas familias de antigua estirpe que tratan de conservar el decoro y la dignidad hasta el último momento, pero tanto el San Isidro como el Orrantia correrían la misma suerte: convertirse en iglesias evangélicas donde Dios sana, salva y santifica.

El cine Petit Thouars –rebautizado como Concorde en homenaje al famoso avión de los años setenta- corrió la misma suerte. Un cine considerado de “estreno” en sus mejores épocas, en los últimos años tuvo que sobrevivir con películas piratas que pasaba con total impunidad. Como dice el viejo dicho “la necesidad tiene cara de hereje”. Y, al Petit Thouars no le quedó más remedio para sobrevivir. Igual que otras salas, ahora Cristo vive en sus otrora cómodas butacas donde visioné en estreno la estremecedora La profecía.

Pero, fueron dos cines que calcando el formato de las salas gemelas dentro de una galería comercial, los que sobrevivieron incluso hasta el presente siglo. El antecedente que tuvimos de las multisalas actuales fueron las salas gemelas incrustadas en un centro comercial. Casi siempre les ponían nombres que relacionaban a parejas famosas de la historia. Así tuvimos en el corazón de Lima a los cines Adán y Eva -actualmente acondicionadas como multisalas-; en Miraflores al Romeo y Julieta, convertido el último hoy en un teatrín; y en Lince al Arenales Ámbar y Arenales Jade. Funcionaban en los altos del Centro Comercial Arenales, un complejo de galerías de cuatro niveles, con estacionamiento en los altos y ascensor con lunas trasparentes -creo que el primero de su tipo que funcionó en Lima-. El complejo estaba proyectado para ser el “hot center” de Lince; pero la idea nunca funcionó y los cines ubicados en el último piso comenzaron a languidecer. Sin embargo le hicieron la lucha y pese a que en los últimos años las proyecciones eran harto defectuosas (las imágenes borrosas y el sonido deforme daban la impresión de presenciar una película de ensayo vanguardista), y si bien a veces no cumplían con lo programado, sus precios eran bastante competitivos (recuerdo haber visto allí con mi hermano Los Otros de Alejandro Amenábar). En una época en la cual el dvd todavía no se había masificado, una entrada a precio razonable hacía atractiva la oferta y la sala se colmaba sobretodo de escolares, universitarios y parejas que buscaban un lugar oscuro para estar juntas. Hace dos o tres años tuvo que cerrar irreductiblemente, justo cuando el dvd se convierte en asequible a todos los bolsillos, pero se defendió hasta el final. Murió de pie como los grandes.

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Ya adulto, sin la tutela familiar y con dinero en el bolsillo, comencé a aventurarme por mi cuenta, costo y riesgo a los cines de barrio de otros distritos. Entraba a cines como el Primavera en Surquillo a función de noche. Salir a la medianoche del cine y presenciar la fauna que pululaba en la avenida era un espectáculo mejor que la película vista: prostitutas, paseros, fumones y arrebatacarteras. El Susy en San Juan de Miraflores también lo visité (me parece que ahora es un bingo). En la Mutual donde trabajaba de cajero, cuando era estudiante de derecho, me destacaron a la agencia de San Juan que quedaba frente al cine, así que saliendo del trabajo, cruzaba la avenida Los Héroes para visitarlo; y, aunque las butacas eran bastante incómodas, me gustaba ese ambiente informal, más laxo que existía en aquellas salas. Siempre salí ileso en esas andanzas, quizás suerte o debo tener un ángel guardián que cuida mis espaldas, y más bien era fascinante espectar esa fauna andante y sobretodo ver a las chicas de la noche que exhibían sus atributos cuando comenzaba a oscurecer.

Sin embargo, fue en los años ochenta, cuando se liberaliza el porno, que comienzo a ir a las funciones de medianoche en los cines de barrio. El cine Brasil quedaba a pocas cuadras de mi nueva casa –me había mudado de Lince a Pueblo Libre, un distrito de clase media bastante tranquilo en aquellos años, con casitas de dos pisos y parques por doquier-, así que iba a las funciones de porno duro a la medianoche.

La medida ordenada por el segundo gobierno de Fernando Belaunde –proyectar el hard core o porno duro a partir de las doce de la noche- era disuasiva, a fin que por la hora asistan pocos parroquianos; pero, cual aquelarre congregatorio, lo que se generó a partir de la medianoche fue todo un festival de distintos tipos de personas: desde los habituales asistentes a la función, casi siempre hombres solos que esperaban a que se abra la boletería, pasando por los sangucheros con su popular pan con hot dog encebollado o para los más misios pan con huevo frito, sánguches que habían sobrado de las funciones diurnas, los emolienteros con su rica linaza calientita señor para el frío, acompañada de algunos extractos de siete raíces, los chiquillos que vendían los consabidos chicles, chocolates y cigarrillos, hasta las chicas de la noche que pululaban alrededor del cine para cargar con algún parroquiano excitado con la proyección. La medida del arquitecto restaurador fue un claro ejemplo que de buenas intenciones se encuentra empedrado el camino al infierno.

Algunas chicas, con la complicidad del administrador o del boletero, entraban a la sala y comenzaban a ir de asiento en asiento ofreciendo sus servicios, y donde veían un tipo urgido por las premuras de la naturaleza lo levantaban en vilo sin mayores contemplaciones. Primero se sentaban al lado del “target”, le comenzaban a acariciar ya se imaginan que, le metían floro hablándole suavecito cerca de la oreja, con mordidita incluida, y si el tipo aceptaba cargaban con él. Algunas se lo llevaban al baño, donde lo despachaban en un dos por tres y luego volvían a entrar a la sala en busca de otro cliente, otras le hacían una fellatio en plena butaca, con lo que teníamos un doble espectáculo: la película y la escena en el asiento de al lado. Era como estar en una orgía virtual. Había algunos que excitados con lo que veían comenzaban a masturbarse en la misma sala, así que la función terminaba con olor a semen por todos lados.

Pero también aparecieron los travestis, que comenzaron a rivalizar y hacer fuerte competencia a las chicas. La verdad no tenían nada que envidiarles, andaban escotados, enseñando sus atributos, “marketeándose”. Solo una vez en mi vida cargué con uno. Fue mi primera y única experiencia con un travesti (“para probar” como se dice). Para ser franco, al momento de la verdad no se me puso duro duro, pese a los esfuerzos, arte y mañas que puso “Margot” (lo llamaremos así). Quizás el nerviosismo o la impresión de la primera vez. Al final Margot tuvo que usar su boca para sacarlo todo, que, dicho sea de paso, la usó hábilmente. Solo he conocido una mujer con una maestría de esa naturaleza para hacerlo.

El Broadway era otro cine cercano a mi nueva casa. Sala enorme, una sola platea. Se notaba que había conocido mejores épocas, como aquellas mujeres de esplendores pasados que brilla un atisbo de sus mejores tiempos, pero cuando lo visité estaba en plena decadencia. Me gustaba el color de sus butacas: rojo. Allí presencié algunas películas de terror, un género favorito, como Cuentos de la cripta, Shocker: 100,000 voltios de terror y Cementerio de mascotas. El Broadway nunca se animó a pasar películas porno en trasnoche, y ahora –junto con el cine Brasil- fueron derruidos para dar paso a los edificios multifamiliares de Mi Vivienda; así que las apacibles y pequeño burguesas familias que habitan en esos pequeños departamentos no saben que reposan sobre entretenidas y olorosas historias de otras épocas.

En los años noventa, con la apertura neoliberal y los cambios que ocurrieron en el país, amén del terrorismo que golpeó duramente al país la década anterior, los cines de barrio desaparecieron. Cerraron, otros hasta fueron tapiados para evitar que los invadan o entren los fumones, como pasó con el cine Porvenir en La Victoria, y convertidos gradualmente en iglesias evangélicas, bingos o destruidos para levantar los edificios de Mi Vivienda que vemos por distintos lados.

Los cines de barrio marcaron todo una época. Son parte del recuerdo de cuando los caballeros salían a la calle con saco, corbata y una flor en el ojal, y ofrecían un blanco pañuelo con olor a colonia a su acompañante por si quería secarse el rostro o sonarse la nariz. Cuando las damas para ir al cine usaban traje de vestir, zapatos de taco y medias de nylon, y los niños iban con pantalón corto y corbata michi. Cuando los hombres cedían el asiento a las féminas sin importar la edad y se tenía que pedir permiso al papá o mamá para salir con la muchacha de tus sueños y hasta cierta hora, nada más. Donde para caer a una chica debías preparar y ensayar un discurso más inflamado y largo que de político tradicional, y si te daba el sí, la mayor osadía era agarrarle la mano amparado en la oscuridad de la sala. De una clase media que se iría extinguiendo poco a poco entre las sucesivas crisis económicas que vivió el país. De cuando todavía se respiraba un aire a ingenuidad y no a cinismo despiadado. Cuando todavía existían ciertos valores y no el frío pragmatismo de ahora. Y los guardamos en lo más querido de nuestro corazón: de aquellos años felices de nuestra infancia y juventud.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

QUÉ ES LA MÍSTICA

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Según el DRAE, Mística es Parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus, por lo que la voz conlleva a una actitud espiritual, de carácter elevado, no material. De allí que comúnmente se entienda por mística a la entrega que una persona hace a alguna actividad o trabajo. El sudar la camiseta entre los jugadores es tener mística; el que se entrega a su trabajo, también. El alma, corazón y vida que cantaba el viejo valse.

La mística, por tanto, no está relacionada ni con la retribución económica que se pueda recibir, ni con algún otro aspecto de carácter material. Una persona puede ganar bien en un trabajo que desempeñe, pero no necesariamente va a tener mística en su desempeño. Tendrá amor al dinero o a la paga mensual que reciba, pero nada más. Más bien alguien con mística no tiene como norte la retribución económica, sino la entrega y dedicación a lo que hace. Por eso todas las reformas que se basan solo en mejorar el sueldo de los trabajadores fracasan irremediablemente. Lo hemos visto en las reformas del sector educativo y judicial, donde el aumento de las remuneraciones no significó una mejora en la calidad del servicio, sino todo lo contrario.

Por eso es muy raro encontrar a personas con mística en las organizaciones sean públicas o privadas. Las hay, pero son muy pocas, son el alma de estas, o como dirían los viejos teólogos, son la vida espiritual.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

QUE DIOS LO ACOMPAÑE

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La primera vez que me dirigieron esta frase a modo de despedida fue en un supermercado. Pagué por mis compras y como siempre, por cortesía, me despido de la cajera con un “gracias” y esta me retrucó con un “Que Dios lo acompañe”.

Como soy agnóstico, me sentí raro con un despido donde está de por medio un ser divino. Sonreí por dentro (no por burla, al ser respetuoso de cualquier creencia, sino por las ironías de la vida que implicaba aquella frase) y me fui. Algunos días después, al entrevistarme con una especialista legal por el asunto de un expediente, me despedí con el consabido “Hasta luego doctora” y la especialista –bastante joven para ser beatona- me volvió a responder con un “Que Dios lo acompañe”. Dos veces en menos de una semana, pensé. Si, como los antiguos romanos, creyera en los augurios, creería que este es uno.

Es cierto que existen bastantes personas que son creyentes en alguna divinidad o pertenecen a alguna iglesia en particular. Muchos de mis amigos lo son. Generalmente católicos o evangélicos. Para algunos es un pasaporte para la impunidad (jüergean, “trampean” y toman hasta caer al suelo y al día siguiente van a misa a “limpiar” sus pecados), para otros –con más convicción y seriedad en su fe- es un modo de vida, practicando y respetando los valores tradicionales de su credo. Dentro de ese último grupo creo están aquellas dos personas que sin conocerme se despidieron de mí con un “Que Dios lo acompañe”.

Es cierto también que dentro de las instituciones públicas –las privadas no tanto- la presencia de íconos religiosos en lugares visibles es una constante. En el amplio hall del primer piso del Edificio Alzamora Váldez, cerca a los ascensores que dirigen a los innumerables juzgados de los pisos superiores, se encuentra la imagen de una virgen dentro de una urna. He visto que los litigantes le rezan antes de subir a conocer la suerte de sus expedientes. Algunos incluso le ponen velitas. En los despachos de los jueces, como un elemento más del decorado, se encuentra un enorme crucifijo donde se debe jurar –apoyando la mano derecha sobre una Biblia- antes de rendir una confesión supuestamente garantizando que se dirá la verdad, en vista que el juramento no es ante cualquiera, sino ante el Altísimo y el libro sagrado de los cristianos. Igual sucede en el Congreso. Del Ejecutivo ni se diga. Cada vez que puede le besa el anillo al Arzobispo de Lima, carga las andas del Señor de los Milagros en Octubre y en el Tedeum por el aniversario de la patria es el primero en la fila. En el Ministerio Público me cuentan que en la época de la Fiscal de la Nación Blanca Nélida Colán, su obsecuencia al fujimorismo no era óbice para mandar hacer “misas de sanación” y la señora era (y es) bastante devota. Siempre me he preguntado como puede tener coherencia dentro de la conciencia, un credo religioso acompañado de una práctica profesional inmoral.

El punto es que sin importar tanto nuestro actuar diario, las creencias van por otro lado, en algunos casos más sinceras que en otros. Algunas veces por “razones de estado” y en otras porqué en este mundo incierto creer en un ser divino y misericordioso es lo más seguro. Por eso creo no me sorprenderá más si la próxima vez al despedirme de un funcionario público o de un trabajador me replique con un “Que Dios lo acompañe”.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

EL PORNO Y YO

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Mi primera relación con el porno fue en secundaria. Tendría unos quince o dieciséis años cuando un compañero de clase trajo una revista extranjera que contenía fotografías bastante explícitas. El texto no lo entendíamos, pero las fotos daban cuenta muy evidente y sin tapujos del sexo oral que una mujer le practicaba a un hombre. Era la primera vez que veíamos imágenes de hombres y mujeres desnudos teniendo sexo. En aquella época –inicios de los setenta, cuando los militares gobernaban el país- solo se encontraba material porno que entraba de contrabando, o por medio de amigos en alguna embajada, o –la vía más directa- con generales dentro de nuestra familia.

La dictadura de aquel entonces, cuidando nuestra salud sexual, había prohibido todo tipo de revistas, películas o libros que atentaran contra “la moral y las buenas costumbres”; incluso habían sido prohibidas películas como “El último tango en Paris”, a pesar que vista a la distancia no pasaba de un juego entre inocente y medio malévolo de un viejito (Marlon Brando) rejuveneciendo con la joven y voluptuosa María Schneider, una chiquilla con los senos bien duritos y ávida de tener experiencias nuevas no concedidas por su novio, más preocupado en hacer películas que en atender como es debido a la prometida; todo en plena época de la revolución sexual (la famosa “escena de la mantequilla” que tanta alharaca causó en Lima cuando fue su estreno, ahora no pasa de una practica bastante común). Hasta “El decamerón” de Pier Paolo Pasolini fue prohibido. Había conseguido su pase a exhibición de la temible censura de la época –especie de Stasi peruana-, pero el día de su estreno, faltando pocos minutos para su proyección en el mítico cine Roma con sala colmada hasta el último asiento, llega un camión del ejército repleto de soldados con armas al ristre y un teniente al mando, rodean el cine como si fuera una madriguera de terroristas e incautan la película “por órdenes superiores”. Los espectadores que estábamos en el Roma –había logrado “colarme” a una película apta para mayores- tuvimos, entre resignados y molestos, que abandonar la sala.

Se estaba educando al “ciudadano revolucionario del mañana” –a fin de ser “iguales”, todos los escolares ya usábamos un horrible uniforme plomo rata-, así que no se podía permitir mal formar nuestras tiernas mentes, a pesar de ser vox populi que muchos generales, gobernantes de los destinos del Perú, veían en funciones privadas lo que al común de los mortales nos estaba vedado. Sin embargo, nunca faltaban esas revistas extranjeras, como la llevada aquella vez por mi compañero de clase, y que originó en algunos alumnos desarreglos nerviosos por un exceso de masturbaciones diarias (“el vicio solitario” como decían nuestros abuelitos).

Los tenedores de un proyector privado –el Beta, ni el VHS, menos el DVD, asomaban todavía- se agenciaban algunas peliculitas porno venidas subrepticiamente por la frontera; pero, generalmente se debía hacer malabares para conseguirlas, tener contactos y el precio era caro. Curiosamente, la prohibición del gobierno militar originó todo un mercado negro del cine porno, convenciéndome en carne propia y a temprana edad que las prohibiciones al final traen más perjuicios que beneficios, y que la libertad es mejor en todo sentido, hasta para apreciar una película pornográfica.

Aquellos que no podíamos pagar los altos precios de las publicaciones o filmes del mercado negro, teníamos que contentarnos con una actriz argentina que exhibía sus atributos en cintas con nombres tan sugestivos como “Carne”, “Lujuria tropical” o “La tentación desnuda”, dirigida siempre por su esposo Armando Bó. Isabel Sarli causó muchos sueños húmedos entre los jóvenes de la época.

La verdad que las películas de la Sarli eran más el título que el contenido, casi siempre tonto, un poco ingenuo y a veces medio truculento; pero al no existir más oferta, los adolescentes iban con asiduidad monacal a las salas de barrio donde proyectaban sus filmes. Debemos recordar que los muchachos de entonces éramos bastante ingenuos y casi casi estábamos descubriendo el sexo a los catorce y quince años, muy diferente a los chicos de ahora que tempranamente descubren los arcanos que rodean al acto sexual por el internet y la televisión (recuerdo hace un tiempo una amiga de mi generación se escandalizó por las películas triple X que pasaban en el hostal donde estábamos, sin saber que sus hijos muy posiblemente ya habían visto y revisto las mismas películas por el internet, la tv o el dvd).

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En el cercado de Lima –Jirón Chota si no recuerdo mal - existía una salita de cine llamada “Rívoli” que se llenaba totalmente de escolares para ver a la Sarli semi desnuda o en poses sugestivas. Como actriz no era gran cosa, pero aprovechaba su gran recurso corporal, esperando con ansias los muchachos de entonces ver que le desgarren la ropa y se insinúen las protuberancias de sus grandes senos o de sus poderosas ancas. Como cinéfilo “convicto y confeso” que ya era por aquellos años, creo a sus películas no les daba más de un tres en una escala del uno al diez.

Por cierto, las películas de la Sarli estaban dentro del llamado “soft core” o porno blando, permitido por la censura del gobierno militar a diferencia del “hard core” o porno duro, con sexo explícito y mostración de genitales, hallado únicamente en el mercado negro.

El cine “Rívoli” quedaba a pocas cuadras del colegio donde estudiaba (un colegio de varones púberes viviendo angustiados por el sexo), así que los días viernes, terminadas las clases a las dos de la tarde, y apenas sonaba la campana, nos íbamos en dirección al Jirón Chota. Felizmente el administrador era bastante tolerante y las películas aptas para mayores de 21 –la mayoridad en aquellos años- permitía el ingreso a jóvenes de dieciséis, quince, o a veces de menos edad. Allí presencié mi primera película porno o la que supuse era una película porno. Mis compañeros ya me habían comentado del “Rívoli”, que “sí dejaba pasar” a menores, así que un viernes, terminando las clases, me animé y fui solo. Ya en aquella época me había fijado ciertas reglas de disciplina para ver un filme y una era ir sin compañía a fin de no sufrir interrupciones durante la función y poder apreciar mejor la proyección (aunque, en honor a la verdad, esa regla ha tenido a lo largo de su aplicación excepciones ocasionales cuando la compañía ha sido agradable).

Entré a la sala sin saber nada del filme. Era una comedia sobre un muchacho que por la edad siente las urgencias del sexo y en uno de esos enredos tiene relaciones sexuales con su propia madre, que lo “estrena” en las artes amatorias, comenzando así su vida sexual, contado todo en un tono risueño y desenfadado, sin dramatismo alguno. Se titulaba “Soplo al corazón”, que de porno no tenía nada, y era del gran realizador francés Louis Malle, de quien vería años después algunas de las películas que guardo con más aprecio en mi memoria.

Sucedía que cines como el “Rívoli” proyectaban cualquier película con escenas de sexo o de “calateo” que llamase la atención del público objetivo concurrente a la sala (escolares deseosos de ver cópulas y mujeres desnudas en el écran). Así, por ejemplo, proyectaron también “Edipo Rey” de Pier Paolo Pasolini, que tampoco era un porno y, dicho sea de paso, a esa edad no entendí muy bien. (Me reencontraría con Pasolini algunos años después, ya un poco más grande y con más películas vistas en mí haber, iría entendiendo poco a poco su cine, conservando en el corazón con mucho cariño su “trilogía de la vida”).

Algunos años después, ya casi al final de la dictadura, ingresaron las películas del “flaco” Olmedo y el “gordo” Porcel. El gobierno militar estaba más preocupado en reprimir las protestas populares y en buscar una salida decorosa a una situación política cada vez más insostenible, así que Porcel y Olmedo invadieron las salas limeñas para hacer olvidar a la gente las subidas de precio de los productos de primera necesidad, ocasionadas por los “paquetazos” (“sinceramiento de precios” en la jerga financiera-burocrática) de un ministro de economía que con los años se convertiría en “gurú” de las finanzas y funcionario internacional gracias a sus constantes cambios conforme el vaivén del viento en la política local.

Un público ansioso colmaría los cines donde se estrenaban “Los caballeros de la cama redonda”, “Los doctores las prefieren desnudas” o “Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo”. Conocimos también a las “vedettes” argentinas: altas, bien proporcionadas, “carne blanca” como decíamos (Tula Rodríguez demoraría algunos años en ser “sex symbol”). Susana Giménez y Moria Casan ocasionaron los sueños perplejos de más de un peruano. Aunque en justicia, las películas de la dupla Olmedo-Porcel estaban en el género de la picaresca que en el porno blando propiamente, aunque en época de escasez bien valían las tortas…

*****

En aquellos años mis gustos cinéfilos se habían vuelto más exigentes y virado hacia las “películas de autor”, descubriendo a cineastas como Kubrick, Bergman, Kurosawa, Fellini, Antonioni, Anderson o aquella generación de jóvenes realizadores representantes de una visión distinta del cine norteamericano, y que marcaron mi cinefilia, como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma, Peter Bogdanovich, Woody Allen, entre otros renovadores del Hollywood clásico.
Gracias a la revolución sexual que vivió Norteamérica en los sesenta y a los cambios en la mentalidad y sociedad que acaecieron por esos años –influenciados por la guerra de Vietnam-, el Código de conducta moral Hays -censurador de imágenes o palabras atentatorios contra “el pudor” y que reinó en la industria del cine por más de treinta años- quedó abolido. Ahora se permitían las malas palabras, la jerga, la violencia desmesurada, el acto sexual y los desnudos totales en las producciones, sin que el orden político o los grupos puritanos pudiesen hacer nada. Esa libertad y nuevos aires permitieron la renovación del cine norteamericano, bastante aletargado y que sufría de un proceso esclerótico creativo muy similar al visto ahora en las producciones hollywoodenses.

Era un asiduo concurrente a los “cine clubs”, y en especial a uno ubicado en la Av. Arica, el famoso auditorio Don Bosco, administrado por unos muchachos uruguayos que habían huido de las sangrientas dictaduras que asolaron los países del cono sur en la convulsa década de los setenta.
Salía con el trasero adolorido –las sillas eran de madera- pero contento de haber visto una buena película. Me convertí en un asiduo concurrente de la salita del Don Bosco, muchas veces faltaba a clases en la universidad para no perderme alguno de los filmes proyectados; incluso tenía un abono mensual para concurrir cuantas veces quisiera. Aquellos años, con toda seguridad, fueron los más felices de mi vida. De esa época data también una corta relación con una muchacha uruguaya. Médica de profesión, algo mayor que yo, de izquierda como yo, creía en un mundo más justo y mejor como yo, huía de la dictadura y de las desapariciones de opositores políticos en el Uruguay de Bordaberry, y cargaba con la angustia y culpa de haber dejado al esposo allá, del cual no tenía noticias.
Gracias a M… mi cinefilia creció y comencé a valorar más el cine europeo, y en especial a la “nouvelle vague” francesa. De su mano aprendí varias cosas esenciales en la vida, así como a valorar un cine distinto al norteamericano. Siempre estaré en deuda con ella; pero, esa es otra historia que quizás algún día me anime a contar.

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Si España tuvo su movida terminado el franquismo, nosotros también tuvimos nuestra “movida limeña”. Con el advenimiento de la democracia se terminó la censura y los peruanos pudimos ver por fin la “trilogía de la vida” de Pier Paolo Pasolini o “El último tango en París” con lleno de salas por semanas enteras (por cierto, esta última la acabo de ver hace poco en dvd y contiene escenas bastante aburridas, donde uno, literalmente, se cae de sueño). Llegaba también la actriz holandesa Sylvia Kristel y su trilogía sobre Emmanuelle -que algunos años después la completó con una más-, inaugurando en nuestro medio el llamado “porno de lujo”, películas porno de presupuesto elevado, en el histórico cine “Colón” que exhibiría algunos memorables en la época. Otra de la misma tendencia fue “Historia de O”, que a pesar de contener escenas explícitas de sexo anal (o como diría el Dr. Marco Aurelio Denegri peneano-rectal), vista a la distancia de los años como que ha envejecido, la película es medio tiesa, acartonada. También ingresó el célebre Tinto Brass con “Calígula” en la categoría del “porno histórico”, cuya exhibición causó revuelo en todo el mundo y más en una ciudad como Lima, sacudiéndose lentamente de la pacatería. La película fue condenada por cierta prensa beatona (cuenta la leyenda que ante el escándalo suscitado por el estreno, algunos de los participantes en el filme pidieron que sus nombres fueran retirados de los créditos). En nuestro país fue el cine Roma de nuevo quien tuvo el monopolio del filme y la gente daba literalmente vueltas alrededor de la manzana a fin de conseguir un boleto. Esta vez, felizmente, no se presentó ningún teniente con “orden superior” que incautara la cinta, así que la pudimos ver tranquilamente, apreciando a un gesticulante Malcolm McDowell como Calígula, pero sobretodo a una actriz que daría luego mucho que hablar en el futuro por su buen desempeño actoral: Helen Mirren.

Otra que también causó revuelo fue “El imperio de los sentidos”, y si bien no es un porno stricto sensu, causó estupefacción en la Lima de inicios de los ochenta por la exhibición explícita de coitos y genitales (por ejemplo, se muestra una “fellatio” en primer plano), por lo que algunos comentaristas escasos de luces aventuraron en calificarla como pornográfica. Nagisa Oshima, su realizador, había ido audazmente hacia la frontera bastante indefinida entre el porno y el erotismo. El resultado fue una obra de arte que pervive en el tiempo, no obstante que a algunos espectadores les “chocó” el final donde la protagonista amputa el pene de su amante y, sujetándolo entre sus manos, deambula errática y medio ida entre las tropas japonesas.

Empezando el segundo gobierno de Belaunde se abolió la censura, entró en vigencia la Constitución Política de 1979, una de las más avanzadas de la época, y cayó la temible Stasi peruana, así que el porno duro entró a las salas limeñas libre de todo impedimento y por la puerta grande. No obstante, el Arquitecto restaurador, a fin de evitar que “la moral y las buenas costumbres” no se vieran rebalsadas, reglamentó que el “hard core” se proyectara a partir de la medianoche. Supuestamente la medida era disuasiva –a fin de evitar la concurrencia de demasiados parroquianos-, de tintes moralizantes y hasta religiosos, por no decir cucufatos, pero lo que generó fue todo un mercado a partir de las doce de la noche, como si se tratara de un embrujo mágico. No solo una buena cantidad de espectadores ansiosos por la proyección se congregaban, cual aquelarre, un poco antes de la medianoche –generalmente hombres solitarios que esperaban en el hall del cine se abra la boletería-, sino también los tradicionales vendedores de sánguches y emolientes, de chocolates, chicles y cigarrillos, así como las “chicas de la noche” que esperaban desfogar a los apremiados espectadores al salir de la función, y que a veces, con la complicidad de los boleteros, ingresaban a la sala en plena proyección a ofrecer sus servicios, con lo que presenciábamos un doble espectáculo: el de la pantalla y el de las chicas practicando una “fellatio” en la misma butaca a un parroquiano apurado o cargando con este al baño. Así que las noches en Lima, luego de los “toques de queda” en las postrimerías del gobierno militar, comenzaron a ser más movidas y entretenidas. Por cierto, descubrimos también que las “chicas malas” no eran tan malas como las habían pintado, y sí más bien bastante interesantes, haciéndome amigo y parroquiano seguro de una de ellas, con la cual mantuve una relación compleja de “cliente- amigo cariñoso-confidente” por varios años.
Recuerdo una película de ese entonces. No tengo muy preciso el título (además para llamar la atención aquí les etiquetaban títulos insinuantes como Las noches húmedas, Sexo sádico, Los “anales” de Patricia, entre otros más o menos llamativos), pero era una comedia porno bastante entretenida. Tenía argumento y trataba de un tipo que se las ingeniaba para tener sexo con las mujeres haciéndose pasar por médico. Su sobrenombre no podía ser más evidente: “Doctor sexo”.

Pero, junto a las “chicas de la noche”, aparecieron también los primeros travestis para caballeros con gustos más exquisitos. Fuerte competencia para las primeras, al existir hombres buscadores de algo más “exótico” que una mujer para tener sexo, además el SIDA todavía no aparecía en el horizonte, así que las relaciones eran “piel a piel” y por la entrada que mejor guste o plazca. Algunos años después, los travestis se convertirían en lugar común de la oferta sexual que ofrece Lima de noche y ciertas avenidas de la ciudad son parte de su escenario habitual. Ya no llaman la atención ni mueven a escándalo como hace veinticinco años atrás.

Sin embargo, el ingreso del beta primero y el VHS después, desplazó el placer de ver una película porno de las salas a la tranquilidad del hogar, contribuyendo a ello las deficiencias técnicas en las proyecciones que a veces llegaban a un écran oscuro o totalmente borroso justo cuando estaba en lo mejor la “acción”. Otras veces sucedía que los “rollos” del filme venían alterados. Era un sistema de chasquis en motocicleta que trajinaban con los rollos de un cine a otro, originando a veces la confusión en la continuación de estos, así, en ciertas ocasiones, el final de la película venía primero y el inicio al final. Era una forma medio surrealista de apreciar un filme, hasta parecía cine de vanguardia que rompía los moldes clásicos de la narración.

También contribuyó al eclipse de toda esta época el terrorismo. Los chicos de Sendero decidieron seguir el precepto de Mao “del campo a la ciudad” y no se les ocurrió mejor manera que colocar coches-bomba a diestra y siniestra, causando apagones, volando edificios y practicando su “asesinato selectivo”. Uno, al levantarse, no sabía si al terminar la jornada regresaría vivo o entero a su casa, optando los limeños por quedarse en sus casitas y salir lo menos posible. Era la estocada final a las salas de cine antiguas y que se convertirían poco a poco en iglesias evangélicas -previo exorcismo de los demonios de la carne que pululaban en los otrora cines porno-, o en actividades más mundanas como salas de bingo y la esperanza de abrazar la fortuna con una moneda.

En lo personal, en esos años, mis intereses cinéfilos se habían vuelto cada vez más exigentes, y si una película no satisfacía mis gustos me aburría y sentía una pérdida de tiempo irreparable, por lo que el porno no me llamaba la atención: ver una sucesión de escenas de solo sexo sin una historia interesante que las enlace me resultaba mortalmente aburrido. Aparte que la etapa de la curiosidad juvenil de solo mirar como un voyeur había dado paso hacía mucho tiempo a la de practicar lo visto, más entretenido y emocionante que la ficción.

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Si bien no compro películas porno, tengo un amigo que es un gran coleccionista y de vez en cuando, al visitarlo, le “gorreo” alguna de su enorme catálogo. Existen de todas las nacionalidades: españolas, argentinas, italianas y por supuesto norteamericanas. El porno peruano no se ha quedado atrás y, entre otros medios, se vende por internet. Hace poco me topé con una página peruana que daba cuenta de una chiquilla teniendo sexo con dos hombres a la vez: uno por delante, otro por atrás. Por cierto, los “actores” peruanos físicamente ni por asomo se parecían a los europeos o norteamericanos: musculosos(as), practicantes del fisicoculturismo. La “protagonista” estaba bastante flaca y le colgaban las tetillas, mientras los “actores” daban la impresión de no ver la olla hace muchos días por lo flacos y desnutridos. Ni que se diga de las deficiencias técnicas en iluminación o fotografía, para no hablar ya del encuadre. Digamos que era un porno del tercer mundo. Como dice el viejo adagio “no es lo mismo un desnudo griego que un cholo calato”. Aunque si nos atenemos al principio de realidad, los cuerpos esqueléticos o gorditos y no tan adónicos reflejan mucho mejor la verdad de todos nosotros: imperfectos, deformes y muchas veces hasta risibles. Barriguitas o barrigotas, piernas chuecas, rollitos en la cintura más que evidentes, senos y nalgas flácidos, órganos masculinos de la finura y tamaño de un alfiler, son parte del imaginario común en cualquier parte del mundo. No crean todo lo visto en la pantalla: ni todas las mujeres son tan exuberantes como las actrices porno, ni los hombres tan dotados y con cuerpos musculosos como los “actores”. Eso es solo ficción. La vida real está plagada de aquellas imágenes de cuerpos contrahechos como las mostradas en aquel porno nacional.

No todas las películas pornográficas son pesadas e insostenibles a nivel argumentativo. Hace un tiempo mi amigo me prestó una titulada “Anal planet”. Era una comedia porno de ciencia ficción, donde un grupo de astronautas van deambulando por las galaxias, llegando a un planeta donde se ha inventado un casco para tener sexo virtual, hasta estallar este por demasiados coitos (el “professor”, inventor del casco, muere repitiendo to much sex, to much sex). Es graciosa, ligera y tiene historia entre escenas de sexo y sexo. Me gustó tanto que me la quedé de recuerdo y de vez en cuando la veo. Mi amigo no la va a extrañar entre centenares de películas de su enorme colección.

Algo similar me pasó con otro porno de “ambiente histórico”. Inscrita en la vertiente de la picaresca, trata sobre una chica de pueblo que en el siglo XVIII (la época no es muy precisa en el filme) va ascendiendo de condición social gracias a sus encantos y a cómo los emplea con los ricos con quienes se encuentra, llevando por título el nombre de la protagonista: “Tatiana”. Hasta donde tengo conocimiento se hicieron tres partes, lo que da a entender el personaje fue bastante popular en los años noventa, cuando se produjo el filme.

Ahora, gracias al dvd, por unos cuantos soles podemos ver tranquilamente una película porno en nuestra casa, y si se tiene pantalla ancha, home theatre y surround para apreciar en forma envolvente los gemidos, tanto mejor. Existen muchas tiendas especializadas en la venta de dvd’s porno, así que el negocio anda muy bien, contando con oferta de filmes no solo para heterosexuales, sino también dirigido a segmentos especializados del público (lo que en marketing denominan “nichos de mercado”), así tenemos porno para homosexuales, lesbianas, she-male, pederastas, sado-masoquistas, onanistas, zoofílicos, fetichistas y quizás hasta para necrófilos; y, en las pocas salas de cine que todavía lo proyectan ahora entran mujeres, acompañadas de su pareja o en grupo, no siendo más un coto exclusivo del hombre. La emoción de lo prohibido de antaño ha cedido el paso a la cotidianeidad insípida del ahora.

El porno se ha institucionalizado, se ha asimilado al sistema, se ha “democratizado”. En esta época el sexo ya no es un tabú, y el porno ya no es un artículo prohibido que uno miraba a hurtadillas de los padres o los maestros, como aquella revista que entre fascinados y con angustia por ser descubiertos veíamos unos adolescentes treinta años atrás. Ahora es tan común y tan fácil de conseguir para un joven como comprar un paquete de cigarrillos o una botella de ron, y creo que por eso el porno ya perdió su encanto.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

RECORDANDO A CIRO ALEGRÍA Y EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO

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Este año se han cumplido cuarenta años de la desaparición física del escritor Ciro Alegría y pareciera que la historia de la literatura no pasa por su nombre, medio eclipsado entre el indigenismo de José María Arguedas y el modernismo urbano de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, Alegría es una figura señera de la literatura latinoamericana. 

Mi primera o una de mis primeras novelas nacionales que leí fue El mundo es ancho y ajeno. Tendría unos 17 años, en quinto de secundaria. El profesor del curso de Literatura me encargó como trabajo escolar hacer un resumen de la obra. Por cierto, era un maestro bastante joven, nos llevaría a lo sumo unos diez años, más lo veíamos como un hermano mayor que brindaba consejos a unos adolescentes deseosos de conocer en un instante el mundo en toda su extensión que como un profesor propiamente. Era estudiante de Literatura y escritor a la vez, amaba las letras y ese amor por los grandes autores les contagiaba a sus alumnos, lo que a su vez indujo mi devoción a leer y leer novelas de todo tipo, afición que continuaría –con algunas pausas- hasta el presente. Fue una de esas coincidencias felices que marcan el futuro de una persona. 

La novela de Alegría me la prestó un compañero de clase, en una de las ediciones que publicaba su viuda, Dora Varona, en el afán por preservar la memoria del difunto más allá de la muerte (y que a modo de recuerdo conservo todavía el ejemplar). La leí de un tirón. Me impactó desde la primera página, cuando Rosendo Maqui presagia una desgracia al ver deslizarse ágilmente una culebra, signo premonitorio de lo que vendría después. La temática social se entremezclaba con la aventura, el romance, las historias paralelas de distintos personajes; y, ese joven soñador que a los quince ya había leído La guerra de los mundos, luego 20,000 leguas de viaje submarino, y después La vuelta al mundo en 80 días, quedó encantado con la epopeya contada en El mundo es ancho y ajeno, lo que motivó que leyera las dos novelas restantes que, en los hechos, forman una trilogía: Los perros hambrientos y La serpiente de oro. 

Ciro Alegría evita caer en el pastiche al plantear la denuncia de la injusticia contra el indio, combinándola hábilmente en la estructura de la novela con las historias de los personajes que van apareciendo: Benito Castro y su conciencia de reivindicación para el indio, la historia del Fiero Vásquez y del bandolero Doroteo Quispe, y por supuesto, la de Rosendo Maqui, figura emblemática, que siendo alcalde de Rumi aplica la justicia con equidad, ganándose el respeto de los comuneros.  

Pero, quizás, lo que más resalta mi memoria (desde aquellos ya lejanos 17 años no la he vuelto a leer) es la historia del largo juicio de la Comunidad para exigir su derecho a las tierras frente al hacendado que se las quiere apropiar. Rosendo, irónicamente, sentencia que cuando el poderoso invoca el derecho es que algo está torcido. Inexorablemente perderán todos los procesos judiciales, en esos juicios largos, inextricables y enredados que produce la justicia cuando quiere favorecer a alguna de las partes.  

De repente por su estructura, bastante clásica y lineal, sin el alambicamiento de lo que vendría después con el boom de la narrativa latinoamericana, causó, en parte, que Ciro Alegría vaya perdiendo lectores. Novela de estilo decimonónico (admiraba mucho a Balzac, aunque también se nota la influencia de Zola), puede cansar su lectura a los que no están acostumbrados a las descripciones largas, farragosas, complejas. A lo que se debe añadir el abandono de la temática social por las nuevas generaciones (“cosa de viejos”), y sobretodo de la vertiente indigenista, cayendo sus novelas en el desván del olvido y el autor en el limbo de las celebridades que se citan pero no se leen.  

Por cierto, siempre me pregunté porqué llegó Alegría a un silencio casi total luego de la publicación de El mundo es ancho y ajeno. Siguió escribiendo, sí, y publicando uno que otro libro desperdigado en el tiempo, pero sin llegar jamás a esa cúspide que significó El mundo… Sólo queda la especulación para dar una respuesta. Posiblemente sintió que ya había llegado a su límite, a ese non plus ultra que los escritores de verdad reconocen en su fuero interno y ser conciente que lo publicado después no estaría a la misma altura. Con El mundo es ancho y ajeno terminado y publicado, su pathos ya estaba agotado, salvo que hubiese repetido fórmulas, lo que un escritor auténtico jamás haría. 

Parece que en los años siguientes intentó buscar nuevos rumbos en la narrativa de ambiente costeño (algo similar le ocurrió a Arguedas con El zorro de arriba…). Es probable que, conociendo sus exigencias como escritor, haya sufrido un proceso de duda y decantación interna; pero, nada está dicho hasta que no se escriba la biografía que merece, desbrozando detrás de la estatua de papel que se ha erigido en torno a su figura para conocer al hombre tal como fue, en toda su complejidad y contradicciones. 

Asimismo, no debe pasar inadvertido, sobretodo a los jóvenes escritores que sueñan con la fama desde la primera obra publicada, en el olvido que cayó el escritor después de muerto. En vida fue aclamado y considerado un ícono viviente, paradigma de la literatura, profesor visitante en varias universidades extranjeras, conferencista celebrado; pero, al poco de su muerte, se fue eclipsando, hasta el punto que era difícil conseguir una edición contemporánea de sus novelas en su propio país (solamente el diario El Comercio publicó, hace pocos años, una edición de bolsillo masiva de su famosa novela).  

El eclipse se debió en parte al irresistible ascenso de los escritores del boom, entre ellos el celebrado y también loado en vida Mario Vargas Llosa, quienes despectivamente trataban de “provincianos” a los de la generación anterior, y en parte a que el indigenismo ya no era un tema social vigente como lo fue en la generación de José Carlos Mariátegui. Luego de la reforma agraria, las reformas militares de los años 70, la migración a las grandes ciudades, el que ahora somos mayormente un país mestizo y no indio, la posibilidad de movilidad social de las clases emergentes, causó que los temas relacionados al indigenismo pierdan vigencia. Pero, el punto es que ni Alegría ni ninguno de los verdaderos grandes piensan en escribir solo por la fama o el dinero. La fama es algo accesorio y hasta molesto para un escritor de verdad, el que escribe es porque le gusta escribir, es su pasión, no por codiciar un premio o un espacio en la prensa. Sic transit gloria mundi. 

Otro detalle llamativo de atención es que ningún cineasta nacional se haya animado a adaptar al cine su más importante novela. Desconozco si es por derechos de autor (la viuda e hijos los tienen), por cuestiones de presupuesto (filmar la saga demanda una fuerte inversión) o sencillamente desaliento o trabas de alguna índole. El mundo es ancho…. es “filmable”. Como buen aficionado que ya era a las imágenes en movimiento, cuando la leí me dije esta novela es para llevarla al cine, tiene todos los ingredientes necesarios: acción, aventuras, drama y romance. Sin embargo, ningún cineasta se ha animado hasta ahora a adaptarla. Quizás hayan existido proyectos, pero ninguno se materializó. 

Pese a las décadas trascurridas, aún resuena en mis oídos la inquietante oración final con que cierra su gran epopeya: Más cerca, cada vez más cerca, el estampido de los máusares continúa sonando. Pocos finales son tan impactantes como el trágico epílogo de los comuneros alzados en armas. Todavía me conmueve el recordar aquellas estremecedoras líneas con que termina. 

Felizmente ya he visto en la última Feria del Libro una nueva edición de sus tres novelas, junto a El mundo…, Los perros hambrientos y La serpiente de oro. Sería bueno que también reediten sus memorias, Mucha suerte con harto palo, y su restante narrativa. Es más, hace mucho tiempo se requiere una edición crítica de sus obras completas, con estudios incluidos. 

Ojalá se comience a desempolvar sus libros, que no sean solo parte del curso de Literatura que los alumnos cumplen apenas para obtener una nota, buscando el encargo escolar en google o en los libritos de resúmenes de texto, y comiencen a leerlo con el amor y devoción que lo hacíamos nosotros hace mucho tiempo y que visto a la distancia nos marcó para siempre.

Eduardo Jiménez J.

ejjlaw@yahoo.es

LA VENGANZA

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    -A esa chola la voy a cagar. No sabe con quién se ha metido -me dice exaltado Aurelio.   
-¿Pero, crees que valga la pena preocuparse por ella? -le pregunto.
   
-Vamos Lucho, ella tenía el manejo de mi negocio. Tenía las llaves de la puerta de entrada, de la bóveda, de la caja...
   
-Hasta de tú cuarto. Recuerda que tú le diste mucha confianza a Sonia -le digo para fastidiar.
   
-Eso pertenece al pasado -me replica cortante, con los ojos echando chispas de furia y una vena en la frente que le late-: Yo le di todo. Le enseñé cómo es el manejo del negocio, le  presenté a los clientes, la vestí decentemente, porque la chola ni siquiera tenía un vestido presentable cuando vino a trabajar conmigo, y ahora me hace esta cochinada. No duermo desde que me enteré de su negocio.
-Pero de todas maneras tú tienes tu clientela -trato de calmarle los ánimos-. Estás en el negocio hace más de veinte años, ya tienes un nombre, un prestigio ganado, no creo que tengas que preocuparte por el negocio de Sonia, ella recién empieza.   
-No creas. Ayer me llamaron de la Inca Kola para decirme que ya no querían las placas de honor que todos los años les dan a sus mejores vendedores. Yo me quedé extrañado y confidencialmente le pregunté al Gerente por qué habían cancelado el pedido que siempre me hacen, y me dijo que la chola había presentado una cotización más barata que la mía, y se la aceptaron. Tiene los mismos grabados que tengo yo, con los mismos tipos y estilos de letras, y con precios a mitad de los míos. Fíjate, atreverse a poner su tienda acá, justo frente a la mía -mira al frente detenidamente la tienda de Sonia, ve entrar un cliente y sus ojos azules se entrecierran cargados de odio-: Esa puta me quiere traer abajo el negocio.
   
-Eso te pasa por tirarte a tus empleadas y después botarlas como basura -le digo burlonamente para bajarle el mal humor-; pero cálmate, ¿ok?. Vamos a pensar fríamente. Primero, que poner un negocio como el tuyo requiere capital. Con lo que Sonia sacó cuando la botaste no podría pagar ni un mes del local que alquila, ni mucho menos comprar las máquinas para grabar. ¿Cómo consiguió la plata? ¿Un préstamo? No creo. Sonia no es sujeto de crédito para ningún banco. Tiene que haber tenido un socio capitalista detrás de ella, alguien que esté interesado en meterse en tú negocio y quiera invertir plata.
   
-Fue Aldana, de hecho que fue Aldana -me dice iracundo Aurelio, pareciendo que quisiera degollarlo con la mirada, destrozarlo en mil pedazos-. Su comercio de platería está mal y hace tiempo que quería meterse en las grabaciones, solo que no conoce el negocio ni tiene personal capacitado para manejarlo. Una vez quiso comprarme una máquina diciendo que era para una sobrina. Ese hijo de puta ha sido -concluye en tono despectivo. 
   
-Pero el socio capitalista pudo ser Duarte. Él también quiere meterse en tú negocio hace tiempo -le replico.
   
-No, Duarte, no. Él está metido ahora en lo que es fantasía fina. No es él. No tendría plata para las dos cosas –me responde secamente.
   
-Bien, supongamos que fue Aldana. Piensa, ¿cómo puedes cortar la ayuda del socio capitalista? 
 
-A ese maricón le debo plata. Son como treinta mil dólares que le debo en materiales que le compré al crédito hace más de cuatro meses y ahora me llama y me llama para que se los pague. Sencillo, no le pago. Que me haga juicio si quiere, no le pago. ¿Cuánto demorará el juicio, cuatro, cinco años? Yo sé que él está jodido de plata, le debe a todo el mundo y no va a aguantar tanto tiempo -ahora sus ojos brillan con malicia mientras habla.
   
-Por ese lado lo podemos agarrar -le sugiero-. Cortarle los pagos y que suplique le pagues algo siquiera. Tú eres su principal deudor, y Aldana tiene deudas con el Banco de Crédito y el Interbank. Si tú no le pagas, él no puede pagar a los bancos y pierde todo. Lo reventamos. 
   
-¿Y Sonia? -me pregunta Aurelio.
   
-Si agarramos por los huevos a Aldana, no va a poder continuar financiando a Sonia y tendrá que cerrar su tienda.
   
-Pero Lucho, yo no quiero que solo cierre su tienda, lo que yo quiero es joder a esa puta, cueste lo que cueste, que sepa que conmigo no puede meterse -sus ojos tienen una expresión sombría mientras habla, perdida en otras cosas.
 
-Si eso es lo que quieres, entonces primero debemos averiguar si su establecimiento es legal. Si tiene RUC, licencia de funcionamiento, paga impuestos. Hacer una investigación exhaustiva. Si descubrimos que funciona ilegalmente mandamos una carta anónima a la SUNAT donde decimos que Sonia no paga impuestos, y otra cartita a la Municipalidad diciendo que allí funciona un establecimiento comercial clandestino. Se clausura su tienda, encima la SUNAT le pone una fuerte multa y de paso le hacemos un servicio al gobierno y otro al municipio, y todos quedamos contentos.
   
-¿Y? Está bien, le hacemos eso, pero la chola se acoge a una amnistía tributaria, regulariza todo, obtiene su licencia, paga sus impuestos y abre su tienda de nuevo -me dice incrédulo y con un tono irónico, Aurelio-. Yo lo que quiero es que la cierre para siempre.
    
-Espera pues, ten paciencia -trato que me escuche-. Acá vamos a aplicar la tenaza del cangrejo. Mira, lo de la SUNAT y el Municipio es una tenaza. La otra tenaza es la denuncia por robo que le vamos a interponer. ¿Entiendes?
   
-¿Y la denuncia? ¿Cómo la hacemos? -me pregunta más calmado.
-Vamos a denunciar que Sonia, abusando del cargo de confianza que tenía cuando trabajaba bajo tus órdenes, te robó en forma constante, que te ha robado todas las cosas necesarias para grabar y así poner su tienda: moldes de letras, reglas, placas, diamantes, de todo. Calcula que las pérdidas te salgan por unos veinte mil dólares o más. A mayor cantidad mejor. Eso impresiona. Diremos que si te robó unos moldes, también pudo robarte los demás accesorios: hurto sistemático.   
-Correcto, la denuncio por hurto sistemático, pero ¿qué consigo? Igualito va a seguir trabajando -me responde agriamente.
   
-No, cuando presentemos la denuncia ante la Fiscalía y la deriven a la Policía para su investigación, allí conversamos con los policías que van a ver el caso y sacamos una orden judicial para que le incauten a Sonia los bienes hasta que se esclarezca el asunto. Todo legal. Paralelamente a eso corremos la bola que ella está trabajando con cosas robadas. Imagínate que los de la Inca Kola se enteren que la policía allanó su tienda porque Sonia trabaja con cosas robadas: la cosa es romper la botella y derramar la leche. Al final, si la declaran inocente, pides disculpas y dices que acatas lo que la justicia determine.
   
-Y ella me inicia a mí una demanda de indemnización por daños y perjuicios y otra por difamación y calumnia, por haberla denunciado falsamente -me contesta escéptico Aurelio.
   
-Quizás, pero ya derramaste la leche y te libraste de la competencia. Además, quién te dice que Sonia tenga dinero para iniciarte un juicio. Aldana con todos los problemas que tiene y los que tú le vas a ocasionar cuando dejes de pagarle se le va a voltear. Le cortaste la ayuda del socio financiero, encima la SUNAT y el Municipio le clausuran su negocio, y para remate la justicia le abre instrucción: Sonia no va a tener plata para continuar trabajando.
   
-Tú idea suena bonita -me dice más tranquilo-; pero, ¿qué pasa si los policías se venden?, ¿si la chola les pone el culo? Nos cagan el plan. 
   
-Recuerda al General Gallardo, el esposo de la Jueza que ve tú caso de estafa. Recientemente ha sido promovido a Inspector General. Podemos hablar con él para que no se volteen los policías. Es más, una vez incautados los bienes, podemos arreglar para que la policía nos los presten por un ratito, grabamos tú nombre en las cosas, y de paso arreglamos también algunas facturas para que aparezcan como tuyas. ¿Qué más pruebas de que las cosas con las que Sonia trabaja en su tienda son de tú propiedad?
   
-Me parece bien tú plan -me dice ya calmado del todo Aurelio-. ¿Cuánto crees que demore hasta que le quiten las cosas a la chola?
   
-Dos semanas, tres a lo sumo. Mañana comenzamos a trabajarlo. Dentro de pocos días tú problema quedará resuelto.
   
-Y la chola no se atreverá nunca más a abrir un negocio. Que se dedique a vender caramelos en los micros o a putear en el Jirón Cailloma, es para lo único que sirve -me contesta, ahora excitado, echando chispas de contento por los ojos.
   
-No te preocupes, que luego de esto es para lo único donde va a conseguir trabajo. Bueno, ahora déjame descansar. Mañana tengo mucho que hacer en mi estudio. Te llamo a las nueve para coordinar. Chau.
-Chau, Lucho. Que tengas buenas noches y disculpa mi mal humor, pero esa chola de mierda...
Lo corto, prefiero evitarme su discurso de nuevo:   
-Olvídalo, para eso me pagas. Nos vemos.
   
-¡Ah!, espera. El sábado es el cumpleaños de Leslie, cumple un añito, mi mujer le va a preparar una fiesta, date una vuelta por la casa y trae a tú novia para conocerla. La tienes escondida maricón.
   
-Allí estaré y llevaré a Patty para que la conozcan. Hasta mañana Aurelio.
       
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es 
    

POR QUÉ SOY AGNÓSTICO

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1 

No pretendo hacer una apología del agnosticismo, el agnóstico dista mucho de ser un evangelizador o propagandizador de lo que cree o piensa; todo lo contrario, difícilmente somos portadores de una fe o de una verdad absoluta, nada más lejos del agnóstico que querer generalizar y dar por absoluta una verdad que es propia de su experiencia y, por tanto, intransferible. Apenas trataré de esbozar las causas personales de lo que considero una forma de vivir y ver el mundo.
 

Quizás haya influenciado en mí el ser un escéptico por naturaleza. Desde muy niño he dudado y he relativizado todo lo visto y oído, jamás he podido aferrarme con uñas y dientes, como lo hacen muchas personas, a una fe, sea religiosa, política o económica, y considerarla como una verdad incontrovertible y absoluta que sea el eje de mi vida.  Me aparté de toda práctica religiosa hacia los dieciséis años, aunque nunca –ni de niño- me compenetré con esa serie de ritos a los que asistía más por compromiso familiar que por verdadera vocación. 
 

Muchas veces me han preguntado si mi familia no hacía nada frente a ese manifiesto decaimiento en la fe. Un poco como inquiriendo si también eran poco creyentes y si el asunto venía por cultura familiar. Siento decepcionarlos, pero todos en mi familia son creyentes practicantes, hasta mi hermano menor. Pero, en mi hogar existió un clima de tolerancia y de libertad que permitía que cada miembro haga con su vida lo mejor que le parezca. Bajo ciertos límites, claro está. Límites que han estado ceñidos a hacer algo “útil” en la vida y no estar ocioso; aunque hubo una excepción en los dos años siguientes ha terminada mi secundaria cuando disfruté del divino ocio y no hice otra cosa que leer y leer y leer, principalmente novelas y cuentos, mañana, tarde y noche. En esa época nació mi afición a la lectura, y la lectura cuando se realiza críticamente trae a su vez el cuestionamiento de todo, incluyendo de las divinidades.
Visto a la distancia de los años, aquel tiempo marcaría mi vida futura y mi forma de ser. 

Recuerdo que a los dieciocho era un agnóstico consumado. No sabía propiamente qué significaba el término, pero ya había emprendido un camino sin retorno, a lo que contribuyó mi ingreso, en los veinte, a estudiar Sociología, mi primera profesión y a la que guardo un cariño bastante especial. Ingresar al bullicioso mundo universitario de aquel entonces, donde el marxismo ocupaba un lugar importante en el estudio de las ciencias sociales, debilitó aún más mi ya menguada fe. Pero, si bien el marxismo era ateo y vi que muchos de mis compañeros se convertían fácilmente a esa nueva fe (el ser ateo es una especie de fe), quizás por eso, por tratarse al final de cuentas de una religión laica, una “verdad absoluta”, nunca pude abrazarlo totalmente como ideología que explique en todo su sentido el universo y al ser humano; aunque sí me sirvió (y me sirve) de mucho como herramienta para analizar la realidad. De aquellos “años maravillosos” data mi curiosidad por desentrañar los procesos sociales y políticos del Perú y de cómo van las cosas en el mundo, y que ahora se ven reflejados en mis artículos de El Observador. El marxismo da herramientas de análisis muy valiosas, pero no hay que tomarlas nunca como una “verdad total”, de allí estamos solo a un paso del totalitarismo y de excluir las otras opciones, y nos ocurriría lo mismo que a los que creen ahora, ciegamente, a pie juntillas, que el libre mercado es el gran solucionador de todos los problemas. Los extremos se tocan. Felizmente los agnósticos estamos libres de todo fundamentalismo.
 

2
 

Quizás por eso actualmente no milito en ningún partido político, pero sin que ello signifique un desinterés por la política. Todo lo contrario. Desde muy joven me interesó la cosa pública y de una u otra manera he participado activamente, con “mi granito de arena”, en el debate político del Perú.  

Políticamente me considero un socialdemócrata liberal. Liberal es una palabra que se ha vilipendiado y devaluado mucho últimamente, confundiendo –unas veces por ignorancia y otras por mala fe- el noble liberalismo político que se desarrolló entre los siglos XVII y XVIII con el neoliberalismo económico actual, que todo lo reduce a un chato economicismo primario. Evidentemente que mi profesión es hacia el primer liberalismo, el “original”, que remonta sus raíces en el humanismo y un poco más atrás en los clásicos griegos (y porque no, hasta en los evangelios como sustento humanista que dio sus mejores frutos dentro y fuera de la Iglesia). El otro, el que reduce toda interpretación económica y solución al mercado es una visión distorsionada, muchas veces creada por los grupos de interés. 

Por eso creo que el verdadero cambio en nuestro país no está tanto en las grandes revoluciones apocalípticas, sino en convertir en ciudadanos, en el más extenso y profundo significado que el término implica, a las grandes masas anónimas, con todos sus derechos y responsabilidades que los incluyan como individuos dentro de la sociedad y se sientan partícipes de un proyecto de país, de nación.  Y, para ello, el único medio político idóneo es la democracia. No hay otro. Por lo menos no se ha inventado otro que permita la inclusión social respetando las libertades.
 

En cuanto a lo social, no son necesarias muchas explicaciones. La sociología me hizo tomar conciencia que vivimos en una sociedad en que todos estamos interrelacionados y no podemos ser ciegos a los problemas que suceden. No solo por una cuestión principista, sino porque todos estamos en el mismo barco y lo que le pasa a una persona afecta a los demás.  
 

Solo añadiré que mis decisiones, equivocadas o no, las tomo por mi cuenta y riesgo, asumiendo las responsabilidades sobre las mismas. A veces me costaron la perdida de alguna amistad o de un amor que confundía los sentimientos con pensar igual. Felizmente tampoco tengo espíritu de rebaño como decía El Amauta.
 

3
 

Siempre he pensado que para ser creyente de una religión o de una doctrina política o económica es más un acto de fe, “de creencia”, que de frío razonamiento; y, para ser ateo, se requiere “creer” que Dios no existe, se requiere fe, solo que al revés, creer que no existe divinidad alguna. Por eso muchos hombres y mujeres que se educaron en colegios religiosos o que incluso eran monjas o sacerdotes, pudieron transitar sin mucha complicación de la fe en un Dios a la fe en que no existe. Los agnósticos carecemos también de esa fe en sentido contrario.  

Pero no se piense que ser agnóstico es fácil. Descontando a los “poseros” o agnósticos “bamba” que asumen el agnosticismo como un medio de “prestigio social” sobretodo en los círculos intelectuales, el agnóstico auténtico debe crear su propia escala de valores más allá de las impuestas por la religión o la sociedad. Esa construcción axiológica es agónica, en el sentido de lucha diaria, de creación dura, a base de sudor y esfuerzo. No hay camino fácil para el verdadero agnóstico, está solo y no puede aferrarse a ninguna divinidad para buscar ayuda; por lo que te das cuenta también que en la vida todo lo que realmente vale la pena, cuesta. El ser agnóstico también forja el carácter.
 

Mi escala de valores se rige por un axioma: vivir honestamente sobretodo con uno mismo, no hacer el mal a nadie y darle a cada uno lo que le corresponde. Muchos años después, ya como abogado –mi pane lucrando y segunda profesión- descubrí que ese era un viejo precepto romano (honeste vivire, alterum nom laedere, suum cuique tribuere). Las sabias enseñanzas se repiten en la historia y en la vida.
 

4
 

Con el correr de los años algunas amistades religiosas también se apartaron de mí lado al enterarse que era agnóstico y algunos amores también. Supongo que no tenían la fe muy firme y pensaban que los iba a “contagiar” con la escasez de la mía. Algunos de esos amores quisieron “reconvertirme”, “regresarme al redil”. Partieron de la premisa equivocada que el amor puede cambiar al ser amado, y que el ser amado está obligado a cambiar a gusto y medida de quien desea el cambio.Pusieron su mejor empeño, eso me consta, me llevaban a misa los domingos, alguna por ahí me regalaba un librito religioso que yo aceptaba por cortesía, pero no leía. Por su ruego (¿qué le puedes negar a una mujer?)  comencé, después de mucho tiempo, a revisitar el templo de Dios, lo que me permitió escuchar algunos sermones interesantes. En la parroquia a la que concurría una  ex pareja había un sacerdote que cada sermón dicho contenía una base filosófica que daba a entender que estábamos ante alguien que había tenido variadas y nutridas lecturas y no ante un simple cura rústico. Sin ser creyente seguía con mucha atención sus sermones, me gustaban desde el punto de vista intelectual. Eran estimulantes, sólidos y persuasivos.  

Al enterarse mis ex que sus esfuerzos caían en saco roto, desistían. Algunas reaccionaban mal. Imagino que era su frustración, incluso una de ellas me “prohibió” que siga asistiendo a la iglesia, por lo que deje de apreciar aquellos notables sermones (intolerancia que le dicen); olvidando que el propio Cristo fue abierto y tolerante con todos, incluyendo hasta aquellos que lo crucificaron. Solo les pido que no se propongan nada. Al no creer en ninguna verdad absoluta, el agnóstico es abierto y tolerante con todas las religiones y no cree que ninguna sea la “verdadera”. 
 

Reconozco que en algunos momentos de mi vida he buscado la religiosidad. Ese “re-ligare” del que hablan los antiguos. A veces por medio de la filosofía, otras oleteando alguna religión. Pero, esos momentos han sido breves, vanos y fútiles, a la larga siempre regresaba a mi escepticismo congénito.
 

A estas alturas de mi vida es difícil que vuelva a alguna forma de religiosidad. Tampoco puedo decir de esta agua no beberé. Aunque medio en serio medio en broma digo que de ser así elegiría la religión budista o alguna parecida que no crea en verdades absolutas, sino que sea flexible y libre. Pero, por el momento estoy bien así.  
 

Como les digo a mis amigos creyentes –un poco para incomodarlos adrede-, cuando te encuentres por partir de este mundo y suponiendo Dios exista, no te juzgará por la cantidad de veces que te golpeaste el pecho o  fuiste a misa, sino por las acciones que hiciste en este mundo –o lo que dejaste de hacer-. Sería un Dios de pocas luces si solo contabilizara la cantidad de veces que lo reverenciaste y te inclinaste ante su imagen. Y mientras siga en este mundo seguiré con mi máxima romana vivir honestamente, no hacer el mal a nadie y darle a cada uno lo que le corresponde. Hasta ahora me ha dado resultados y vivo tranquilo con mi conciencia. Amén.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

APAGANDO EL COMPUTADOR

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  I 

Esa noche Mili se disponía a apagar el computador pensando en Marcos. Hacía tres días que no aparecía ni contestaba sus correos. Sobresaltada quiso llamarlo, pero a último momento se arrepintió: quizás su mujer estaría cerca y podría escuchar lo que hablaban.
Una noche más y no aparecía por los foros. 

Había perdido muchos amigos por defenderlo en los debates que se realizaban en los foros virtuales de entretenidos.com. Jorge fue uno de ellos. Casi un hermano, el que estaba siempre a su lado, defendiéndola y apoyándola en las buenas y en las malas. Tenía una mala espina con Marcos, no le cayó bien desde que Mili se lo presentó, y cometió la imprudencia de decírselo. Mili se puso como una fiera, que lo decía porque nunca le cayó bien, que lo calumniaba por envidia, porque Marcos era un tipo inteligentísimo, un genio en potencia, y él no pasaba de un simple picapleitos. Acto seguido borró a Jorge de su lista del messenger, lo excluyó de su círculo de amigos y, peor aún, comenzó a difamarlo a sus espaldas. Cuando decían algo contra Marcos parecía otra: como que le hubieran lavado el cerebro.Mili había llegado a cometer hasta infidencias con tal de defenderlo de sus adversarios en los debates (las más de las veces bastante apasionados), a fin de darle armas para atacarlos por el lado más débil, revelando los secretos más íntimos que como terapeuta le confiaban algunos foristas. Así todos se enteraron que un muchacho de veinticinco años era impotente y que era puro “bluff” sus “levantes” amorosos; que una señora casada era lesbiana y salía con distintas chicas del foro, incluyendo menores de edad; y, la de más allá, que quiso suicidarse de joven por una decepción amorosa y que hace poco lo había intentado de nuevo. Todo por defenderlo. Perdió pacientes y perdió amigos.  

Por lo demás a Marcos le importaba muy poco lo que dijeran los otros de él, en sus intervenciones se comportaba siempre de una manera arrogante y fría, no dialogaba ni debatía, más bien quería imponer sus “ideas” (si se puede llamar ideas a las frases entrecortadas que sobre un nacionalismo indigesto y trasnochado balbuceaba) al más puro estilo estalinista. Las más de las veces sus “ideas” rozaban con lo ridículo al querer aparentar que conocía de todos los temas tratados en los foros, lo que junto a ese estilo autoritario y la estolidez demostrada, le granjeó antipatías en los demás participantes. Marcos parecía despreciar al género humano.
 

II
 

Mili no era una mujer muy agraciada propiamente: gordita, baja de estatura y de cara casi fea y redonda adornada con unos anteojos cuadrados que la hacían más fea aun. Era muy difícil que un hombre volteara a mirarla en la calle. Era bastante servicial y amable, pero no una mujer atractiva, menos sensual (cosa que no sucedía con Carla, su mejor amiga, a quien también perdería). Mili a los ojos de los hombres era siempre vista más como una buena amiga que como una mujer, lo cual se acentuaba por su natural ingenuidad.  

Ella había hecho de los foros virtuales de entretenidos.com su segundo hogar, un lugar donde refugiarse de la indiferencia y hasta la hostilidad del mundo “real” y de su propia familia, así como de la hipocresía amable y del dulce cinismo que practicaban sus amigas de ese mundo fashion en que le tocó nacer, de bellezas anoréxicas y cosméticas, que a base de implacables ejercicios diarios, dietas no menos rigurosas, visitas por lo menos una vez al año al cirujano plástico, y cerros de cerros de cremas de todo tipo con que –literalmente- embadurnaban su cuerpo de pies a cabeza querían parecer más jóvenes y bellas que sus propias hijas, y para hacer más soportable esas sesiones diarias se acompañaban de la revista Hola como material insustituible de lectura, que les servía de base para sus conversaciones cada vez que se encontraban en la peluquería, el spa o el gimnasio de moda. Definitivamente, Mili no encajaba en ese mundo. 
 

Por tal razón, hizo de entretenidos.com su verdadero mundo, donde el anonimato de un nick o el guiño de un emoticón la hacía sentir más cómoda y segura, y le permitía expresar los sentimientos más ocultos sin caer en la vergüenza o en la condena social que las mujeres de su clase esgrimirían de inmediato contra ella de sólo abrir la boca. 

III
 

Cuando Marcos comenzó a cortejarla, los amigos más cercanos de Mili se sorprendieron, sobretodo porque él podía conseguir mejores mujeres que estaban disponibles en los foros, desde jóvenes universitarias hasta maduras y atractivas señoras (ese era uno de los encantos de entretenidos). Su porte atlético, estatura, ojos azules y cabello rubio, acompañado de ese aire de hombre de mundo enloquecían a las muchachas y a las no tan muchachas cada vez que se reunían a fin de mes en algún café miraflorino. 
 

Desde que Marcos empezó a mostrar interés, Mili comenzó a preocuparse más por su aspecto. Le pidió a Carla que la aconsejara sobre el tipo de peinado, fue a un estilista, se metió a un gimnasio, hizo dietas estrictas, eliminó los dulces (su principal debilidad), se compró zapatos de tacos bien altos, cambió su fea armazón de anteojos por unos discretos lentes cosméticos de contacto, se levantó el “derrier” con la técnica de los hilos rusos y hasta casi se pone siliconas en los senos (a decir verdad, bastante pequeños), pero Carla le aconsejó que mejor no exagere.
Su familia comenzó a importarle cada vez menos, apenas si se fijaba que sus hijos no llegaran tarde al colegio por las mañanas y, Pepe, su esposo (casado con ella por ser la hija del dueño de la fábrica), estaba tan ocupado en la empresa del suegro que poco le importó los cambios operados en su mujer.
Pero, el cambio fue sustantivo. De la mujer enana y regordeta salió una bella, elegante y esbelta dama. Milagros de la cirugía moderna.  

La parte intelectual tampoco la descuidó. Marcos era un tipo al que le apasionaba las ciencias sociales. Mili devoró todos los libros y revistas que encontró sobre realidad nacional y política, para eso su amigo Jorge (poco antes de perder su amistad) fue de gran utilidad, debido a que poseía un fino olfato para diagnosticar el “contexto social” como él decía, adquirido en su época juvenil de simpatizante marxista (convertido ahora a la socialdemocracia, notable jurista y gran cinéfilo, era el moderador de los foros de cine y realidad nacional en entretenidos.com), y que lo había capacitado para percibir los cambios sociales y políticos en la escena mundial y nacional en donde otros no se daban cuenta (fue quizás el único que con seguridad -cuando Humala estaba en la cúspide de las encuestas y parecía inminente que iba a ser el próximo presidente del Perú- vaticinó que no iba a ganar y que su partido se iba a desintegrar en mil pedazos, como así fue), por lo que también le pudo ofrecer variados temas de conversación, tanto en cine como en política, a fin de no caer en los lugares comunes o los silencios incómodos. 
 

Pulió su francés para conversar por el chat en otro idioma con Marcos (como furioso comunista de los antiguos, despreciaba todo lo que viniera de Estados Unidos, incluyendo su idioma) y –cosa insólita- criticaba a sus viejas amigas a quienes calificaba de “burguesas mantenidas con el trabajo explotador del capitalismo” y que, por condición de clase, habían estudiado con ella en un exclusivo colegio católico, incluyendo a  Carla, a quien, con ocasión de un debate donde ella se opuso acaloradamente a las ideas materialistas y ateas de Mario sobre religión (Carla era una mujer muy devota y militante del Opus Dei), la tachó de “frívola y superficial” y hasta insinuó que conocía muy bien a todos los hombres del foro de la cintura para abajo (hecho, que en honor a la verdad, era bastante cierto). Carla jamás le perdonó esa humillación pública, le retiró el saludo y cortó violentamente una amistad de más de cuarenta años. Fue la última amiga que perdió.
 

IV 

La siguiente cita entre Mili y Marcos fue en un café árabe de Miraflores, ya no en grupo como siempre iban, sino ellos dos solos. Para hacerlo más intrigante y darle un aire “intelectual” a la reunión,  ella llevaría bajo el brazo las Memorias de Simone de Beuvoir y él “Crítica a la razón dialéctica” de Sartre (un pequeño homenaje al maestro por el centenario de su nacimiento). Ella estaba nerviosa, era la primera vez que hacía cita con un hombre que no fuera su esposo. Él más suelto y ducho en estos menesteres se presentó y luego de los saludos protocolares, inició la conversación.
Fue una conversación aparentemente banal, donde sacó a relucir su estilo “progre” pero sin asustarla, casi parecía un “yuppie” que va al gimnasio todos los días y con la cabeza solo para afeites y ponerse los audífonos del ipod, si no fuera por la jerga socialista con que matizaba su charla (“desigualdad de clases”, “burguesía nacional vendida”, “no al TLC”), jerga que Mili no entendía muy bien, pero quedó fascinada y pensó que así debía ser un gran intelectual, su tipo ideal de hombre; aunque Mili no conocía a ningún intelectual, todos los hombres de su clase social se dedicaban a los negocios, abrían y cerraban empresas a cada rato, hacían lobby en la antesala de algún ministro del gobierno de turno a fin de ganar una licitación y difícilmente abrían un libro en toda su vida. 

Marcos aprovechó esa imagen de hombre de mundo que proyectaba para sacarle algunos datos como dónde vivía y en qué zona de La Molina estaba su casa (Mili vivía en una urbanización muy exclusiva de ese distrito, con rejas y vigilante a la entrada e identificación antes de ingresar). Ella en cambio no le pudo sacar nada, él era muy hábil para eludir las respuestas, a veces con un gesto o una frase intrascendente cambiaba la conversación.
 

Esa primera cita fue el inicio de otras. De los cafés pasaron a ir al cine juntos (nunca una película norteamericana por la anglofobia de Marcos) o al teatro. A ella le encantaba, se sentía como renacer, como volver a vivir los años de noviazgo con su esposo: Mili a los cincuenta y tres vivía una segunda juventud, con toda la ilusión y el candor que ello significa.
 

Se veían por lo menos una vez a la semana, a veces en algún hostal discreto de Lince que fue su refugio el tiempo que duró el romance, luego él se iba y no regresaba por varios días (decía que se iba de viaje por venta de enciclopedias para colegios de provincias), pero siempre se comunicaban por el chat o el correo electrónico, y era infaltable su presencia por las noches en los debates virtuales de los foros, así que Mili no notaba la ausencia. Pero esta vez sí la sintió realmente. Tres días eran bastante para ella. Recordó que la última vez que lo vio cara a cara fue hace una semana. Marcos le había preguntado sin querer, como quien pregunta la hora, sobre los horarios y rutas que tomaba su esposo para ir a la fábrica. Ella, ingenua como siempre, no se imaginó ni por asomo porqué le preguntaba eso hasta que antes de apagar el computador, luego de una noche vacía más sin su presencia en entretenidos.com, sonó el teléfono y escuchó la voz temblorosa y entrecortada de Pepe: había sido secuestrado por un grupo que se decía del MRTA y le pedían como rescate por su vida un cuarto de millón de dólares. Recién allí Mili perdió su ingenuidad.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es   

LOS TIPOS DE FORISTAS

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Por circunstancias que me tocaron vivir, caí en un oficio que nunca imaginé iba a ejercer jamás: ser moderador en un foro electrónico. Por tres años consecutivos estuve a cargo de dos foros de una página web local muy concurrida. Así pude conocer virtualmente a una serie de personas de diverso tipo e índole, que escondidos bajo un nick o seudónimo daban sus opiniones, ocurrencias y a veces confesiones de manera tan desenfadada que difícilmente lo harían de esa manera en la vida real. La verdad que conocí de todo. 

Si bien nunca los llegué a conocer a todos personalmente (conocí algunos –y sobretodo algunas- con quienes salí un par de veces) pero, a manera de un entomólogo y sin quererlo concientemente, comencé a clasificar a los foristas que caían por los foros que administraba. La tarea por cierto no era nada desagradable y si bien no se ganaba nada en la labor (era un trabajo ad honoren) se gozaba mucho. Conocer esa variedad de fauna fue una experiencia irrepetible de apreciar el comportamiento humano en toda su dimensión, tanto hacia arriba como hacia abajo. Sin pretender ser exhaustivo, creo que una tipología de foristas podría ser como a continuación sigue.
 

1. EL FORISTA MALDITO:
Le gusta hacerse el interesante mediante el insulto, el agravio o cayendo antipático. Es una forma de figuretismo que oculta una gran inseguridad. Hace mucho tiempo tuve que lidiar con un forista así. Imagino que debe estar en algún otro foro haciendo sus maromas de payaso.
 

2. EL FORISTA FIGURETI:
Es el que opina de todo y está en todos los foros. Pretende ser el “Leonardo Da Vinci” de la era electrónica. Es fácil reconocerlo por el número de mensajes posteados que tiene (generalmente pasa fácilmente los mil), casi todos desechables. Es también otra forma de figuretismo, aparentando ser una persona que “conoce de todo” usa frasecitas intrascendentes o misteriosas y cree que los demás no se darán cuenta, a fin de satisfacer su ego: hacerse pasar por una autoridad “culta y entendida”, cuando en realidad no pasa de un vulgar copista. 
 

3. EL FORISTA PATERO:
Es el que por lo general entra a un foro para conocer amigos o a ver si le liga un plan. Nada más. No le interesan los temas que se tratan en los foros. Generalmente para más tiempo en  sitios como “Tiempo libre”, “Pica pica”, “Guía del ocio” o algún otro de similar naturaleza.
 

4. EL FORISTA NEURÓTICO:
A este forista se le conoce fácilmente porqué vive agazapado a ver si los demás hacen un comentario sobre él. Incluso si se opina de algo que no le alude, él lo toma como algo muy personal y responde como si lo hubieran agraviado. Se le conoce porqué no duerme sin revisar antes los foros para saber que dijeron de él (o de ella). Favor consulte un psiquiatra urgente.
 

5. EL FORISTA MESURADO:
Es el equilibrado. Generalmente sus opiniones son moderadas, no va a los extremos. Opina en los temas que conoce y donde sabe que puede aportar algo. Antes de opinar sobre un tema o postear un mensaje, se documenta previamente.  Modestia aparte, en ese tipo de forista se ubicaba éste humilde servidor (ejem....).
 

6. EL FORISTA TÍMIDO:
Se caracteriza por qué no interviene mucho, a pesar que puede conocer el tema tratado. Le cuesta trabajo hacer amigos en el foro. Casi siempre busca pasar desapercibido.
 

7. EL FORISTA HIPÓCRITA:
Te das cuenta porqué cuando te escribe o responde a un mensaje tuyo en el foro, te dice que eres lo máximo, que cuentas con él (o ella) para lo que sea; y, por el privado o el correo de otros, “te maletea” sin misericordia. Ese tipo es bastante común en los foros.
 

8. EL FORISTA CHISMOSO:
Es el típico “correveidile”. Busca información para revelarla ante los otros foristas. Es el de la “primicia chocherita”. En el fondo busca satisfacer una vocación frustrada por el periodismo. Ideal para un programa tipo Magaly TV. Cuidado con que le cuenten un secreto, a los pocos minutos lo sabrán todos.
 

9. EL FORISTA CON PERSONALIDADES MÚLTIPLES:
Se le conoce porque en los foros usa varios nicks o sobrenombres siendo la misma persona y, cosa rara, cuando cambia de nick cambia de personalidad, algo así como el “Doctor Jeckill y Mister Hyde” de la era electrónica. Incluso a veces usa nicks de mujer si es hombre o viceversa, lo cual refleja también un deseo inconciente de cambiar de identidad. Favor ir también urgente a un psiquiatra.
 

10. EL FORISTA “MACHO”:
A diferencia del forista patero, el forista “macho” (de los que huelen a licor, a humo de cigarrillo, sudor en las axilas y con voz ronca de voceador de micros) desde el saque quiere dejar en claro que él es el “men”, que eso está fuera de discusión y que las mujeres se le “deben echar” sólo por ese mérito. No es un seductor, sólo busca intimidar. Los psicólogos han descubierto que estos personajes tienen un lado oculto muy “femenino”. Como dice el viejo adagio “los extremos se tocan”.
 

11. EL FORISTA “DELICADO”:
Es el típico “gay”. Casi siempre usa nicks de mujer y coloca la foto de su hermana (la más rica) para que crean que es ella. Parece mentira, pero consigue “jales” entre hombres muy hombres (y felizmente casados). En el foro que moderaba cayeron varios. Guardad el secreto de la serie rosa.
 

12. LA FORISTA INTELECTUAL: No le gusta que la miren como objeto, sino como sujeto “de pensamiento”. Dice detestar las tareas del hogar, pero bien en el fondo que desea casarse y ser una diligente ama de casa. Solapa te va deslizando que sabe cocinar, bordar y que adoraaaa a los niños. Se autopromociona. Escribe cuentos o poemas, asiste a las reuniones literarias para pasar el rato y vive en rivalidad permanente con los hombres. Freud diría que tiene envidia del pene. 

13. EL FORISTA PLAGERO:
Es el inescrupuloso. No tiene valores. Le gusta aparentar ante los demás que es un “intelectual” con muchos “pergaminos” (cada vez que puede se llena la boca de “todos” los diplomas que ha sacado, hasta el de cómo bañar a su perrito en diez fáciles lecciones) y sin mayores prejuicios, sin hacerse paltas, usa los ensayos o artículos de otros y los hace pasar como suyos. Casi siempre dice estar escribiendo la “novela perfecta” o el “poema perfecto” que revolucionará la literatura, o si se dice “científico”, del invento que cambiará la vida del hombre, y, más bien, está a la caza de lo que los demás escriben para hacerlo pasar como suyo. ¡Cuidado con que le entreguen un trabajo que les haya costado sudor realizarlo, después aparecerá publicado con el nombre de éste tipejo inescrupuloso que muy u