A NOVENTA AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

on 12 noviembre, 2007 in UNA MIRADA AL MUNDO

Como que los noventa años de la revolución rusa han pasado medio desapercibidos. Un gusto a “ya fue”, propiciado por la caída del Muro de Berlín, hace suponer que el tema ocupe un segundo plano y sin embargo quizás está más presente de lo que aparentemente parece. 

El mérito de la revolución rusa fue intentar crear la primera sociedad socialista, pasando de una sociedad desigual a una igualitaria, teniendo como finalidad una función liberalizadora de la humanidad de todas las taras de clase que había arrastrado por milenios. No es casual por ello que muchos intelectuales y obreros organizados de todo el mundo hayan adherido a los principios socialistas y rubricado la creación de la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Aunque Marx no filosofó mucho de cómo sería esa futura sociedad y más bien se ocupó de analizar minuciosamente el capitalismo, fue Lenin quien diseñó la estrategia del futuro estado socialista y muy al contrario de lo que Marx anticipó, no fue en un estado industrial donde nació, sino en una nación atrasada y deudora de formas feudales como lo era la Rusia a inicios del siglo XX.  

El primer ensayo socialista anduvo mal desde sus inicios. Marx pensaba que sería en un país industrializado debido no solo a que dispondría de la infraestructura económica necesaria para comenzar un nuevo proceso de acumulación de capital, esta vez a favor de la clase obrera, sino porqué el capitalismo trae democracia y la democracia forma ciudadanos, baluarte necesario para forjar al futuro “hombre socialista”. En otras palabras, el nuevo hombre tendría que tener como base los cimientos del ciudadano burgués, en el sentido de los derechos y deberes que conlleva el tener conciencia de sí de pertenecer a una polis; y a partir de allí formar al futuro ciudadano, en un nuevo peldaño ascensional (se vivía el positivismo y el determinismo, por lo que se pensaba que todo nuevo peldaño era hacia arriba, no en sentido contrario). 

Sin embargo, los experimentos socialistas se dieron en países atrasados, donde la noción de derechos y de ciudadanía no existía, constituida más bien por rebaños manipulables que verdaderos hombres libres. Rusia, China, Vietnam, Cuba, y ahora Venezuela y su “socialismo del siglo XXI”, solo buscan a la masa (no es casual esa palabrita en la jerga de izquierda) que a verdaderos ciudadanos que puedan cuestionar al estado y a sus “jefes máximos”. La dictadura del proletariado sirvió de coartada a la dictadura de una burocracia enquistada en la cúspide del poder supuestamente para defender a ese “nuevo hombre” y los valores socialistas. 

El experimento falló en Rusia, así como en los otros países donde se implementó procesos similares. Creo que estaba condenado al fracaso desde su nacimiento. Lo cual no quiere decir obviamente que el capitalismo sea el “único” modelo ni que hayamos llegado a la última etapa de la humanidad. Existe un error de apreciación de lo que significó el derrumbe del socialismo real en los países de Europa del este, llegando a la conclusión que fueron las tesis marxistas las equivocadas (y por ende las “correctas” serían las tesis capitalistas de libre mercado), a lo que debemos añadir que el terreno donde prendió el socialismo fue uno atrasado y sin asomos de democracia liberal burguesa, dando lugar a gobiernos de corte autoritario, donde no existían los derechos del individuo, derechos que son hechura netamente de la modernidad, de la separación entre estado y religión, y de la etapa capitalista occidental. Rusia pasó de la autocracia zarista a la autocracia del politburó, y ahora a la camarilla de Putin en un remedo de nacionalismo “pan eslavo”. Rusia y China corrieron parejos en un destino ajeno a los ideales de un socialismo democrático, abierto a las tendencias libres y respetuosas de la dignidad de la persona.  

Es probable que existan nuevas sociedades en el futuro (lo que pasa ahora, a inicios del siglo XXI, es apenas el comienzo de otro gran cambio), así como nuevas formas políticas, aunque nosotros ya no las veremos, serán mejores o peores que la actual dependerá de cómo se lleven y de que se aprenda de los errores que enseña la historia. No hay nada escrito ni determinismos históricos. Tampoco creo que las ideas socialistas y las ideas liberales sean incompatibles. Ambas proceden de una madre común, y antes de ser antagónicas más bien se complementan. Por el momento el panorama es sombrío, como lo fue hace noventa años cuando un grupo de audaces tomaron el Palacio de Invierno de los zares y dieron inicio a un proceso de trasformación que quedó inconcluso.

Eduardo Jiménez J.

ejjlaw@yahoo.es