En el procedimiento de revocatoria del mandato de una autoridad elegida, hay que diferenciar distintos elementos y planos que se encuentran entrelazados y a veces impiden apreciar el problema en su conjunto.

En primer lugar, la iniciativa para revocar a una autoridad municipal es perfectamente legal y democrática. Se encuentra establecida en la propia Constitución Política (art. 2º, inc. 17, y art. 31º) y en la ley 26300, ley de derechos de participación y control ciudadanos, uno de cuyos derechos es precisamente la revocatoria de autoridades. Conforme a la mencionada norma, la revocatoria alcanza a los alcaldes, regidores, presidentes regionales y magistrados elegidos por elección popular, debe estar fundamentada (es decir, se debe explicar las razones que la originan), pero no requiere ser probada.

Este último extremo (la no necesidad de probanza) obedece a que la revocatoria es un derecho por medio del cual, en un contrabalance de poderes entre el pueblo y quien detenta un cargo público, el primero “le quita el mandato otorgado” a la autoridad cuestionada. Le retira la confianza que le depositó en las urnas. Puede ser por distintas razones, ello la ley no lo señala (es lo que en derecho se denomina numerus apertus). Hipotéticamente podría ser hasta porque a los ciudadanos no les gusta el color de camisas que usa el revocado. Pero, por lo general los procesos de revocatoria han obedecido a ineficiencia absoluta de la autoridad elegida y/o corrupción extrema.

Una institución distinta es la vacancia, la cual sí se encuentra establecida por causal específica en la ley (numerus clausus) y requiere necesariamente ser probada, teniendo derecho el vacado, como medios de defensa, al uso de recursos impugnatorios y a la doble instancia (que su caso sea revisado por una instancia superior, de serle desfavorable la decisión inicial). Por ejemplo, la Ley Orgánica de Municipalidades, ley 27972, en el artículo 22º establece las causales de vacancia del cargo de alcalde o regidor, y el artículo 23º el procedimiento, así como los medios de defensa a que tiene derecho el vacado.

Volviendo a la institución de la revocatoria, para la solicitud se requiere de la adherencia del veinticinco por ciento de los electores de la circunscripción electoral en la cual fue elegida la autoridad cuestionada, hasta un máximo de 400,000 firmas. Para conseguir la revocatoria es necesario la mitad más uno (mayoría absoluta) de electores.

Por la infraestructura demandada para conseguir firmas y revocar a la autoridad edil de una ciudad como Lima, no es fácil, dada la complejidad y dimensiones de la capital. Se requiere gran financiamiento económico, contratación de personal ad hoc que recabe firmas, compra del kit para la revocatoria, alquiler de locales, propaganda en los medios, etc. Tampoco es imposible.

Desde el punto de vista de las Ciencias Políticas, la revocatoria y las demás instituciones de la democracia directa son formas efectivas de “democracia subsidiaria”, es decir de apoyo a la democracia representativa. Tengamos presente que el sistema político dominante en el mundo es el de la democracia representativa, históricamente bastante “joven” (tiene algo así como 500 años de vigencia), el cual cuenta con muchas imperfecciones. Una manera de “equilibrar” un poco esas imperfecciones es recurriendo a instituciones de la llamada democracia directa, forma democrática mucho más antigua y que data de la Grecia clásica. Dentro de las instituciones de la democracia directa moderna encontramos, entre otras, al referéndum, la iniciativa para la formación de leyes, la revocatoria y ahora último la consulta previa.

Claro, como en todas las instituciones, sea de la democracia directa o representativa, los operadores políticos la pueden llevar a niveles de distorsión extrema cuando usan y abusan de estas deviniendo, en especial las instituciones de la democracia directa, en lo que se conoce como “democracia plebiscitaria”: el uso recurrente del mandatario de consultas al pueblo a fin de ganar legitimidad y buscar perpetuarse en el poder. En la actualidad es el caso de las “repúblicas chavistas”, donde el mandatario conocedor que ganará la consulta, la promueve (ejemplo: promueve, en un momento que la aprobación ciudadana lo favorece, “la reforma constitucional” para reelegirse en forma indefinida). Es una variante del viejo argumento “la voz del pueblo es la voz de Dios”.

No obstante los excesos que pueden producirse, la eliminación de las instituciones de democracia directa y, en especial, de la revocatoria, no es la solución. Se dice que es usada como “cargamontón político” por los que perdieron la elección contra el alcalde o presidente regional en ejercicio. Otros, creyendo haber descubierto la pólvora, sostienen que es un mecanismo ajeno a la democracia representativa. (Obvio, como que pertenece más bien a la democracia directa). Lo cierto es que los argumentos de quienes sostienen la eliminación de la institución son bastante débiles. Con la misma lógica podríamos argumentar que también se elimine la elección directa para el cargo de presidente de la república y congresistas, en vista que existen manipuladores y demagogos que distorsionan el voto popular y por eso tenemos congresistas y hasta presidentes francamente impresentables. El asunto va más por perfeccionar la revocatoria que eliminarla.

En Perú, el derecho de este ejercicio ciudadano tiene un amplio expertise, sobretodo contra autoridades municipales. No es nuevo; lo que sucede es que por vez primera acontece con el alcalde nada menos que de la capital. Ya no es una lejana provincia con escasos electores, sino la misma ciudad de Lima.

En el caso concreto de Susana Villarán, el argumento esgrimido por quienes promueven su revocatoria es la ineficiencia de la alcaldesa. No dicen que sea corrupta, ni existen indicios serios de corrupción en su entorno. Sus detractores no denuncian que existan casos tipo Comunicore o de la “vía expresa” en la avenida Faucett, como fueron notorios en gobiernos edilicios pasados tanto de Lima metropolitana como de la provincia constitucional del Callao. Se circunscriben más bien a la ineficiencia y para ello exhiben como “pruebas” desde el vano intento de poner orden en el tránsito de Lima y renovar la flota de transporte público, pasando por iniciativas infelices como la “zona rosa”, el nombramiento en un cargo importante del municipio sin contar con méritos propios de la hija de un conocido congresista de izquierda, hasta la arena que se la llevó el mar en la playa La Herradura.

Si efectuamos un juicio desapasionado del primer año de Villarán, su gestión ha sido regular y libre de sonados casos de corrupción (lo que ya es mucho decir en gobiernos peruanos de distinto tipo, color y tamaño). Es cierto que su equipo de trabajo “no ha prendido fuego”. Con experiencia más a nivel de ONGs y consultorías, difícilmente han podido manejar las riendas de un gobierno tan complejo como el limeño. A ello hay que sumar el muy posible “sabotaje” que la oposición a su gestión (y que aspira a reemplazarla en una eventual revocatoria, no seamos ingenuos) esté haciendo al interior del propio municipio.

De atenernos a los cálculos de tiempo que conlleva este proceso, en el mejor de los casos la consulta ciudadana sería para el segundo semestre del año y de ser positiva recién en el subsiguiente (2013) se podría convocar a una nueva elección para alcalde provincial, completando Villarán de esta manera casi tres de los cuatros años de su mandato como alcaldesa; pero con un déficit serio: ya no tendría iniciativa para las acciones de mejoramiento de la ciudad. Sufriría un proceso de desgaste y paralización que le impediría cualquier iniciativa, contentándose apenas con administrar Lima “tal como está”, con perjuicio obviamente para todos los vecinos.

El otro escenario sería que los promotores de la revocatoria no consigan las firmas necesarias o de conseguirlas no ganen la consulta, dado que se requiere mayoría absoluta de toda la población electoral limeña, algo sumamente difícil. Si fuese así, Villarán sería ratificada y saldría fortalecida políticamente. Un tanto maltrecha, pero fortalecida.

Por otra parte, quizás el descontento que con respecto a su gestión se percibe en el ambiente, como lo demuestran los sondeos que se han realizado, obedece a las grandes expectativas que generó su candidatura. No es solamente “cuatro loquitos conspiradores ayudados por la prensa más reaccionaria” los que están detrás (incluyendo, al parecer, a dos ex alcaldes perdedores en las elecciones pasadas y que desean afanosamente regresar a sus cargos ediles). Si fuese así, jamás prosperaría la revocatoria, por más ayuda financiera y mediática que tuviese.

No es solamente una campaña de desprestigio la que explica su baja aceptación edilicia, existe una base social de descontento hacia la gestión de Villarán y creo que esa base se explica por las grandes expectativas generadas y no cumplidas. Se “respiraba” la esperanza que con ella (luego de subir a los primeros puestos en las elecciones municipales pasadas por tacha de uno de los principales candidatos) podía generarse “un gran cambio” en Lima, acompañado de una gestión más trasparente y “sana”. Salvo lo último, eso no sucedió. Más quedó en promesa que en realidad.

A lo que se debe sumar que la alcaldesa “no ha sintonizado” con sus vecinos. La “sintonía” es más intuitiva, obedece al “olfato político” de la autoridad elegida, algo de lo que Villarán al parecer carece. Puede tener buenas intenciones, pero le falta “olfato político”. De allí sus reiteradas “metidas de pata”.

Susana Villarán tenía un gran reto cuando salió elegida: estar a la altura del cargo conferido. No solo porque era la primera mujer elegida como alcaldesa de la capital por elección popular; sino –y más importante- debido a que por segunda vez, luego de más de veinticinco años, la izquierda regresaba al municipio de Lima, desde que en 1983 el desparecido Alfonso Barrantes ganase la alcaldía al frente del conglomerado Izquierda Unida. Era un gran reto que, en honor a la verdad, Villarán no ha sabido estar a la justa medida. Ni ella ni su equipo. Lo más sensato es que termine su periodo edil, que lo termine bien de ser posible, luego haga sus maletas y se vaya.

Tal como están las cosas no creo que piense en la reelección, porque en esa empresa los dioses no la van a acompañar y va a tener muchas fuerzas en contra. Como dijo un analista político, en estos difíciles meses que se le vienen a Villarán, la mejor actitud que puede tener es seguir trabajando como si el proceso de revocatoria no existiese. Y, yo añadiría, ojalá atine mejor en las propuestas que realiza.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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Y terminé el curso básico de italiano¡¡¡ Inimaginable tres meses atrás, cuando me enfrasqué en la azarosa aventura de estudiar cinco ciclos consecutivos de italiano en la modalidad presencial y de forma superintensiva, sin respiro, todos los días, a razón de tres horas por día, de lunes a viernes, en el peor horario para aprender cualquier cosa: la tarde, cuando el alumno (y el profesor también) se encuentran en plena digestión del almuerzo, con la molicie del cansancio matutino y la tentación de una “siestecita” reparadora casi casi imposible de resistir.

Pero lo hice. Bueno, fue más motivado por una necesidad. Para optar el grado de magíster es necesario, entre otros requisitos, conocer un idioma extranjero. Y eso era lo único que me faltaba para que me declaren “expedito” y poder solicitar fecha para la sustentación de mi tesis (que, sinceramente, no es nada del otro mundo).

Ya el año anterior había comenzado a estudiar el curso los fines de semana; pero, los azares de esos meses impidieron que lo acabe. Uno, porque la universidad entró en receso por reorganización (es una universidad estatal donde llevé la maestría), en vista que al Rector saliente le gustó tanto el cargo que no quería convocar elecciones para elegir a su sucesor. Dos, en la U donde laboro (esta sí particular, con clases todos los días, incluyendo sábados, domingos y feriados), en esa época estaba a tiempo completo, tan completo que no me alcanzaba tiempo ni para gozar del padecimiento de mi alergia, que se volvió bastante recurrente (para saber de qué hablo, léase mi crónica anterior titulada Un resfrío). Tres, y no menos importante, porque desaprobé el segundo ciclo con diez. Una humillación para mí, una suerte de derrota personal.

Honestamente ese segundo ciclo del año anterior no había estudiado lo suficiente y había faltado con bastante frecuencia a clases; y, si bien, estuve tentado a usar una vieja táctica de los alumnos más despiadados y sin escrúpulos: “empapelar” al profesor para presionarlo y me apruebe, una vez tranquilizado, respiré hondo, reflexioné y acepté la derrota. Solo me quedaba “sacarme la espina”. Pensé en dar un examen de suficiencia, pero era arriesgar el todo por el todo, y más aún cuando en un anterior examen de clasificación me habían regresionado sin asco al I Ciclo.

Como en toda guerra que quieres ganar, el asunto era cómo, cuando y dónde presentarse a dar la batalla.

Pero, los dioses jugaron a mi favor. Felizmente, después de mucho tiempo, en el segundo semestre del año que terminó (2011) no enseñaba ni en la tarde (salvo los jueves) ni en la noche, por lo que tenía libre para estudiar el idioma, como iniciar mi doctorado que, por razones laborales, lo tenía un tanto postergado. Así que hice “de tripas, corazón” y me matriculé en el dichoso curso.

Recuerdo que el 29 de Setiembre era la primera clase. Ese día no pude asistir ya que era jueves y dictaba en la U, así que me presenté al día siguiente, el 30. Encontré cerrado el local, creo que por elecciones internas en la universidad o algo parecido. Mal presagio me dije. Me di media vuelta y me regresé a casa.

Volví el lunes siguiente, poco antes de las tres, para saber qué se había hecho. Felizmente encontré abierto el instituto de idiomas. Pregunté en administración dónde se encontraba mi aula y me dirigí presto.

Siempre hay un temor inicial a lo nuevo y cuando se trata de enseñanza, al profesor que te va a tocar, que ruegas al cielo sea bueno, más tratándose de un idioma extraño. El segundo es a tus compañeros de aula, con los cuales vas a convivir un período de tiempo.

El primer temor se desvaneció casi al instante. De nuevo los dioses me favorecieron y tuvimos un buen profesor, con estrategias didácticas que hacían entretenida su clase, pese al horario y, mejor aún, se aprendía jugando. Eso nos ayudó enormemente a fin de asimilar los rudimentos de una lengua distinta a la materna que, en el caso del italiano, uno cree que es fácil por la pronunciación (razón por la cual muchos, entre ellos yo, lo eligen como “idioma extranjero” para los trámites curriculares), pero su gramática es tan complicada y enredada como la del español, y si no dominas medianamente tú “idioma mamado”, mucho más difícil será dominar una lengua diferente. La verdad es un idioma que no se termina de aprender, pero si uno le agarra el gusto y las ganas, puede continuar. Y eso fue lo que pasó gracias al profesor que nos tocó en suerte. No hacía pesada la enseñanza, sino todo lo contrario, tomándole cariño a esta cálida lengua mediterránea.

El segundo temor, por arte de magia, también se desvaneció casi enseguida de haber pisado por vez primera el aula de clases. Si bien éramos un grupo bastante heterogéneo en edad y en profesiones: alumnos que iban desde los veintitantos hasta cincuentones y sesentones; así como procedentes de distintas profesiones (desde ingenieros renegados de las letras hasta educadores, sociólogos y abogados renegados de las matemáticas), y con diferentes proyectos de vida (estaban los muchachos que recién empiezan su vida profesional hasta aquellos, como yo, que la tienen bastante avanzada), pudimos convivir todos y hasta desarrollar nuevas amistades “intergeneracionales”. Fue divertida esa convivencia.

Las prácticas son esenciales para aprender un idioma nuevo, para ello es importante con quién puedes practicar. Y, por tercera vez me favorecieron los dioses. Me tocó de compañero para las prácticas un médico que, al igual que este servidor, estaba urgido de obtener el grado pero, a diferencia mía, con gran habilidad para conocer otras lenguas. Sabe el francés, el inglés, un poco de portugués, y ahora la lengua de Manzoni. Hicimos “química” desde la primera clase y a él le preguntaba cuando tenía alguna duda. Igual sucedió con otra compañera, educadora ella, con la cual armamos los equipos de trabajo para las actividades grupales. Recuerdo que la actividad final fue cantar una canción en italiano delante de todos. Elegimos una de Ricos y Pobres “Será porque te amo”, con un quinteto de voces: dos mujeres y tres hombres. (Io canto al ritmo dolce tuo/respiro/ è primavera/sará perché ti amo).

En lo que respecta a mí puedo decir, en honor a la verdad, que el mundo del canto no ha perdido mucho con mi participación. Fue “mi debut y despedida” de las tablas.

Felizmente mi compañera de grupo, la educadora, era bastante responsable y prácticamente tuvo en sus manos la organización de la actividad, incluyendo las coreografías que debíamos hacer “en el escenario”. Gracias a ella pudimos salir airosos de los trabajos en equipo, en una época complicada para mí entre exámenes finales y presentación de trabajos en el doctorado, presentación de monografías de fin de año en un diplomado sobre docencia universitaria que estoy llevando, exámenes finales y cierre de actas en la U donde laboro, así como la redacción final de mi tesis para la maestría, amén de los artículos para El Observador y Lagartocine. Vivía con el tiempo al milímetro, estresado, con la adrenalina al máximo, bastante tenso, pero cumplí con todo, incluyendo el curso de italiano, obteniendo 16 en el examen final. Me “saqué el clavo”.

La pasamos bien y ese curso de cerca de tres meses terminó, como no podía ser de otra manera, con una cena en un restaurante italiano: “Il buon mangiare”. Cena no exenta de emotivos discursos como el de mi compañera de estudios que, como buena educadora, aconsejó a los más jóvenes, con útiles lecciones de vida. O la “revelación pública” de la parejita de jóvenes estudiantes que deciden unir sus vidas en matrimonio para compartirla “hasta que la muerte los separe”. Es hermoso ver como los sueños se nutren de vida. Me hizo recordar mi “juventud biológica”.

Espero también se cumpla el sueño de nuestro querido maestro de regresar algún día a Italia, luego de una ausencia bastante prolongada, de más de quince años. Los trabajos como profesor de idiomas, los asuntos domésticos cotidianos y las tribulaciones de la vida, muchas veces se lo impiden. Yo se en carne propia como es eso. El profesor realmente no tiene “vacaciones fijas” porque te pueden llamar inesperadamente para un curso de verano y te arruinan los planes de ir a la playa con tú familia por una temporada; o también cuando tenías proyectado hacer un viaje o unos estudios, te proponen enseñar en un horario que “choca” con tus proyectos más personales, los que debes postergar una vez más, debiendo muchas veces aceptar las propuestas de enseñanza solo por razones de sustento económico.

Haciendo una analogía podemos decir que con el italiano fue como en esos matrimonios por interés. Te casas sin amor (en el caso por creer que es un idioma fácil), pero en el camino le vas tomando cariño y descubres, como en la mujer con la cual te has casado sin amarla, que es hermosa y tiene otras cualidades más allá de lo crematístico. Tan hermosa que el Dante la eligió como lengua (y no el latín, como era usual en aquella época) para escribir su “Divina Comedia”.

En fin, no me arrepiento de haber llevado el curso de “italiano para principiantes”. Tanto por las amistades hechas como por las entretenidas clases. Solo espero que se cumplan los buenos deseos de mis queridos compañeros, que sus sueños se cristalicen. Total, el ser humano es eso: un ser que vive de sueños, mirando siempre al futuro. O, como diría Woody Allen en una de sus últimas películas, un ser que no solo vive de realidad, sino también de ilusiones.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 
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Esta crónica la escribí en vísperas del feriado patrio, nunca la publiqué. Aprovecho que se vienen las fiestas navideñas para cederle espacio y dejar por unas semanas los temas “más serios” de economía, política o derecho.
EJJ

Es un día brillante en el nubloso mes de Julio limeño, el mes de mi cumpleaños. Mi familia cuenta que el día que nací salió el sol, luego de varios días oscuros y húmedos. Bueno, hoy miércoles 27, vísperas de fiestas patrias parece uno de esos días: cálido, amigable, conversador. Esta tarde es como para ir donde Rosita y tener un encuentro “conforme a ley”, como Dios manda, que es mujer que no se amilana ante los desafíos, además que “me debe mi regalo” y yo a ella, que los dos somos del mismo mes, del mismo año y del mismo signo: Cáncer, el más lindo del zodíaco. El día se presta para eso.

O, más culturoso, ir a la Feria del Libro, que está a un paso de mi oficina, a cinco minutos apenas, y sumergirme en un mar de libros impresos, que evocan mi infancia, cuando aprendí a leer y a amar los libros; y si bien el libro electrónico es el futuro, la verdad, el libro impreso me conmueve hasta las vísceras, me produce un sentimiento de cariño, nostalgia y nobleza. La sensación de tocar las hojas de un libro no es lo mismo que estar frente a una fría pantalla de computadora. Hasta de puro gusto he pensado varias veces imprimir una antología de mis artículos de El Observador en formato de libro impreso. Solo para sacarme el clavo.

También tenía el cumpleaños de un colega muy preciado, lo conozco de hace muchos años. Casi siempre voy a su casa en la noche de su onomástico a saludarlo, pero me temo que esta vez no podré. Lo saludaré por teléfono y otro día, ya más recuperado, haré el ritual de la visita.

En fin, pensaba hacer una cosa u otra el día de hoy, “día cheleable” para muchos de mis connacionales que, imagino, ya deben haber empezado a homenajear a la Madre Patria con un frío vaso repleto hasta el borde de “la rica rubia”, pero un puto resfrío me lo impide.

Ya estaba mal desde ayer, cuando salí temprano al Alzamora Váldez, el edificio donde funcionan, entre otros, los juzgados civiles y de familia de Lima. Amanecí estornudando, tomé un anti-histamínico suave y con las mismas salí, que tenía varios asuntos pendientes por allá. Sin embargo, en la tarde me sentí un poco mal, con escalofríos y decaimiento, por lo que preferí regresar temprano a mi casa. Hoy, ya no amanecí muy bien. Desde la mañana me sentí un poco mal. Así y todo me fui al mercado cercano a mi casa a comprar mi rico hígado, que hace tiempo no lo preparo (cocinar me relaja, generalmente entro a la cocina a primera hora de la mañana, apenas me levanto), para el 28 saborear un delicioso hígado frito acompañado con su arroz blanco bien graneado (ahora estoy comprando arroz nacional, ya que estamos bajo un “gobierno nacionalista”, aunque la verdad no granea también como el uruguayo) y sus lentejas ricas en hierro, guarnecido con unas hojas de lechuga fresca. Plato full nutritivo. Hasta allí me sentía cosi cosi como dicen los italianos, más o menos; pero llegando a mi oficina, a eso de las diez de la mañana, comenzaron los estornudos. Primero uno que otro aislado y luego más seguidos, hasta convertirse en una letal ametralladora. Para colmo dejé mis anti-histamínicos en casa, confiado en que no los iba a necesitar. En la tarde tuve que comprar uno de emergencia en una farmacia cercana. Mismo AOE.

Esto ya lo venía venir hace tiempo. Tantos madrugones, salidas a las seis de la mañana en plena lluvia, cuando todavía está oscuro y los faroles de la avenida prendidos, pisando charcos de agua aquí y allá, rumbo a la Universidad a dictar mis clases. Conociendo mi alergia, tarde o temprano iba a desatarse. Tuve conatos aislados, pero con la loratadina (el anti-histamínico que uso) los calmaba. Soporté estoicamente todo el mes de Julio, hasta terminar el ciclo con los exámenes finales, de aplazados y cierre de actas. Ahora, con vacaciones y descanso, y algunos planes de distracción en mente, me viene la alergia con todo el temporal.

Aunque esta vez no me ha tumbado tan feo como otros años. Será que mi organismo se ha habituado a estas crisis. El hecho es que no he padecido de bronquitis como en épocas pasadas, ni degeneró en asma como les sucede a algunos que sufren lo mismo que yo (incluso hace muchos años ha, también en esta época de fiestas patrias, me tuvieron que inyectar cortisona para poder respirar, lo cual, felizmente, no se ha vuelto a repetir). Tampoco se ha vuelto crónico, como en mi infancia y juventud, donde casi todos los meses sufría de la bendita alergia, un mes sí y el otro también. Ahora es de cuando en cuando, una o dos veces al año. Eso sí, cuando estoy estresado me viene más seguido. Eso lo noté el año anterior, cuando estuve como profesor a tiempo completo, metido en la U casi todo el día, con seis salones a mi cargo y más de trescientos alumnos a evaluar. Me vino un cuadro seguido de alergias, no se si al trabajo diario o al clima de la zona, lo cierto es que ahora, ya sin la carga de tiempo completo, no tuve ese malestar continuo del año anterior.

Será motivo para quedarme en casa el 28 y 29 (la verdad no pensaba salir). Escucharé el primer discurso de nuestro presidente ya juramentado por “la constitución de 1979”, a fin de comentarlo en El Observador los siguientes días. Terminaré de revisar un artículo que he escrito sobre Los indignados, el movimiento cívico que sacude Europa, y llamaré a Rosita para concertar nuestro pendiente encuentro cercano del tercer tipo. Felizmente es comprensible en estas cosas. El descanso, una dieta suave acompañada de mucho líquido, harán el resto.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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Se viene dentro de poco nuevas elecciones en el muy ilustre e histórico Colegio de Abogados de Lima. Compiten doce postulantes para un cargo que es ad honorem. Entre ellos se encuentra un querido maestro que ha comprometido mi voto.

No diré como Alfredo Bullard que no iré a votar. Tengo que ir, no solo por mi querido maestro, sino porque, como la gran mayoría de mis colegas, de no sufragar nos imponen una multa. El voto sigue siendo obligatorio en la institución emblemática del derecho. Quizás Bullard se puede dar “el lujo” de pagarla, pero yo no. Sin embargo, más allá de lo anecdótico, estas elecciones se presentan en una coyuntura especial: el CAL ha perdido la fuerza de antaño, si alguna vez la tuvo, y conserva solo el prestigio que su nombradía reconoce como institución bicentenaria. Es decir, conserva el oropel y poco más.

En los últimos años mi colegio profesional se ha limitado a repartir medallitas y condecoraciones a colegas ilustres y no tan ilustres: una suerte de premiación recíproca. “Yo te premio y tú me premias” o me contratas en la universidad donde eres decano, que la parte crematística también entra a tallar, seamos sinceros. Ceremonias, la verdad, pomposas, huecas y aburridas; y gastos en una impresionante burocracia para un colegio profesional que en los últimos tiempos solo se ha dedicado a repartir medallitas.

El CAL se ha convertido en una “agencia de empleos” para colegas que no han encontrado otra ocupación en el mercado profesional y no tuvieron mejor oportunidad que “hacerle la campaña” al decano que salió electo, quien, obviamente, debe pagar los favores. Mismo ministerio. Así tenemos hasta ujieres con el grado de doctor trabajando en la tradicional institución. Obvio que la impresionante burocracia consigue mermar los recursos del Colegio y este tiene que buscar ingresos gracias a los diplomados, incorporaciones, cursos de ética profesional para los futuros colegas y otros “recurseos” similares. Felizmente –para el CAL- la carrera de derecho sigue siendo una de las más buscadas y una de las más pauperizadas. (Extraoficialmente me informaron que a mediados de año el CAL sufrió una severa crisis de liquidez que dejó impagos a sus trabajadores, por lo que, a fin de conseguir recursos frescos, ofertó los tradicionales descuentos por pago anual adelantado de las cuotas, “oferta” que usualmente solo la participa a inicios de año. Sea como fuese, sería bueno que la nueva junta electa realice una auditoria externa a fin de determinar cómo anda la parte financiera del Colegio).

Tenemos también a un decano saliente que de la verborrea indigesta no ha pasado. Un decano que postuló sin éxito a la presidencia de la república y a cuanto cargo público ha tenido oportunidad de presentarse gracias a ostentar la designación de decano de una institución bicentenaria. Reconozco que voté por él en la última elección y reconozco que me equivoqué. Por lo menos debí votar en blanco (o viciado). Y también se presenta en esta contienda un ex decano que, “por amor al CAL”, y luego de haber postulado igualmente sin éxito a sendos cargos públicos, tienta la re-reelección, que no faltaba más, la institución lo necesita y él está dispuesto “a sacrificarse”.

Todas estas reflexiones me llevan (y acá sí coincido con Bullard) a la pregunta de si no es hora que termine la obligatoriedad de colegiarse, no solo en el CAL, sino en cualquier colegio profesional. Si no es hora que la colegiación se convierta en facultativa, que no sea obligatorio estar afiliado a un colegio profesional para ejercer la profesión, como que la libertad de asociación es un derecho y no una obligación. Y los derechos, como nos enseñan en el primer año de la carrera, se ejercen a voluntad del individuo, no se imponen (lo que no se puede hacer es conculcarlos o violarlos, pero eso es otra cosa). Yo puedo ejercer mi derecho a la libertad de opinión y expresión, como lo ejerzo con este artículo, pero si quiero no lo hago. La democracia y el estado de derecho que le dicen.

Hace pocos meses estuve de miembro en un tribunal de ética del CAL (no sería raro que acabe de compareciente luego de escribir esta nota) y me tocó ver el caso de un colega denunciado por “portarse malcriado” con un juez. Es cierto que el temperamento del colega daba la impresión de ser “colérico” (al tenor de la tradicional clasificación) como lo demostró cuando frente al Tribunal de Ética manifestó que el solo venía al CAL “una vez al año” para pagar sus cuotas y nada más.

Claro, el colega daba a entender que no le debía nada al Colegio, que solo venía para pagar sus cuotas y poder litigar, y allí se terminaba la relación; pero, uno de los miembros del tribunal lo entendió de otra manera y le llamó severamente la atención. Si hubiéramos estado en la época de la inquisición es probable que mi denunciado colega hubiese terminado en el potro de los tormentos hasta arrancarle una confesión de culpabilidad y perdón a todos, al juez que gritó, que las autoridades se respetan, al tribunal de ética, a la integrante del tribunal en particular que se sintió ofendida y hasta al portero de la entrada del Colegio.

En fin, no creo que las cosas cambien en esta nueva elección. Ningún candidato propone una reforma profunda del histórico Colegio y el que honestamente alguna vez la proponga nunca ganaría una elección en el CAL.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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Los recientes paros contra la gran minería formal mueven a reflexión sobre los resortes que impulsan las protestas. ¿Es deseo mayoritario de la población “que se vaya la gran minería” o solo de pequeños grupos refugiados al amparo del discurso ambientalista?, ¿es solo manifestación política de grupos radicalizados y ciertas ONG o el tema del medio ambiente y la distribución del canon también se encuentran en juego?, ¿únicamente es responsabilidad del gobierno central o les quepa también responsabilidad a los gobiernos regionales? Y, por último, ¿el Perú puede “darse el lujo” de vivir sin los ingresos de la explotación minera?

Es cierto que la historia del Perú tiene “un lado oscuro” en los execrables abusos de la gran minería, ampliamente documentados y que son la justificación histórica de la oposición a las inversiones en este sector. Desde la época colonial existe una “maldición” de las condiciones mineras; pero, también es cierto que en la actualidad las grandes empresas en minería mayormente se comprometen a cuidar el medio ambiente –salvo excepciones, claro-, siendo más bien la pequeña minería informal la que depreda la naturaleza, volviendo yermos otrora bosques florecientes y envenenando ríos donde antes existía vida.

Pero, la focalización del problema se encuentra sobretodo en la gran minería, en cambio la pequeña e informal pasa desapercibida: contamina, no tributa ni es fiscalizada. Curiosamente uno de sus representantes, conocido con el alias de “Comeoro” y tenedor de vastas concesiones mineras, es nada menos que representante ante el Congreso por el partido de gobierno. Un “padre de la patria”.

Paradójicamente, el “discurso antiminero” es desarrollado por los mismos actores que reclaman del estado la concreción de derechos sociales y económicos que implican gastos, obviando el aspecto fundamental de cómo se financian los derechos reclamados si se oponen con tenacidad a las inversiones que generarían ingresos. Los derechos se encuentran presentes en la agenda de reclamos, pero las obligaciones brillan por su ausencia.

Y, para completar el panorama, por esas ironías de la historia, a los funcionarios del estado en el presente gobierno que les corresponde directamente solucionar los conflictos mineros son las mismas personas que apenas pocos meses atrás se encontraban “al otro lado del mostrador”, oponiéndose como ONG a las grandes inversiones mineras. Ahora deben ya no “azuzar el conflicto”, sino solucionarlo. De “incendiarios pasan a bomberos” y tendrán que demostrar que se encuentran a la altura de los problemas que deben resolver como representantes del estado.

Pero, ¿nos podemos dar “el lujo” de vivir sin los ingresos de la explotación minera? La respuesta obvia es no. Los ingresos de la explotación minera le pertenecen a todos los peruanos; pero, detrás del tema en debate existe toda una problemática que no solo está relacionada con la contaminación, sino también con el proyecto de desarrollo que queremos, la distribución más equitativa de los ingresos y la labor del estado en este aspecto.

Dentro del discurso antiminero de los grupos que se oponen a las grandes inversiones se encuentra la oposición al desarrollo “primario-exportador”, a la mera extracción de los recursos naturales, lo cual, por si solo, no genera desarrollo, ni beneficia a los lugareños que siguen siendo tan pobres como al momento que comenzó la explotación minera en sus tierras. Lo cual es cierto; pero, precisamente allí entra a tallar la labor del estado, no solo atrayendo las inversiones o buscando la fórmula para que los porcentajes de ingreso por canon y regalías sean los más beneficiosos para el país, sino también distribuyendo equitativamente esa riqueza y procurando que los recursos naturales sean “el primer piso” de un modelo de desarrollo sostenible. Es posible, otros países lo han hecho, pero tampoco se consigue de la noche a la mañana, ni en un solo gobierno. Esa es justamente la labor del estado.

Una primera fisura del problema se encuentra en la gestión de los gobiernos regionales. No son buenos administradores de los recursos. Dinero hay, pero no proyectos viables de inversión a favor de los pobladores, salvo alguna que otra honrosa excepción. Y es lógico que si los lugareños ven que nada de esa riqueza “se queda para ellos” fácilmente encaminen su cólera contra las grandes empresas mineras; dándose perfecta cuenta los grupos políticos regionales que el discurso antiminero “vende”, concede réditos políticos para llegar al poder regional en la siguiente elección o “vacar” al que se encuentra como presidente regional (a quien, muchas veces, no le queda más alternativa que ponerse al frente de la oposición minera a fin de salvar su cargo). Es relativamente fácil encolerizar a la gente y buscar “un chivo expiatorio” de todos los males. Parte de eso también existe en la problemática minera.

Además falta diálogo y falta prevención de conflictos. Mayor horizontalidad, con la participación de todos los actores en conflicto. No solo abandonar la tesis “del perro del hortelano”, como de hecho ya ocurrió, sino una participación más activa y práctica en la solución de los conflictos. Por lo general el gobierno central interviene cuando el conflicto estalló y las carreteras fueron tomadas. El libreto casi siempre es el mismo: el gobierno central cede a las demandas de los actores en conflicto, luego que estos realizan medidas de fuerza, se firma un acta de acuerdos, al poco tiempo se incumple el acta y el conflicto se repite, quizás con más fuerza por “las mecidas” del gobierno, entonces se vuelve a firmar otra acta, y así.

Frente a ello una salida audaz pero necesaria, previa reforma legal, es darle a cada poblador un porcentaje en efectivo de los ingresos mineros por canon. “Un cheque” por las ganancias mineras. A mayor ganancia de la minera que opera en la zona, mayor será su porcentaje de participación. Algo así como una especie de accionista de empresa. Si la empresa tiene utilidades, el accionista también.

No es “la solución última, ni definitiva”, pero ayudaría a paliar los conflictos. Claro, los que se oponen interesadamente a cualquier solución dirán que “se están comprando conciencias”, que eso no beneficia a la comunidad en su conjunto o, más paternalistamente, que ese dinero será dilapidado por los lugareños en juergas, sexo y alcohol. Lo cual puede ser cierto; pero, ¿dónde está la responsabilidad que cada uno de nosotros, como seres humanos, tenemos sobre nuestro destino?

La idea no es nueva. En otros países ha funcionado con éxito y nada fundamenta que acá sea lo contrario. Los agitadores de siempre se opondrán, las ONG ambientalistas también. “Se les quita la chamba” de la cual viven. Usarán algunos de los argumentos que hemos mencionado y otros más; pero, frente a los problemas que se presentan y a la ineficacia del gobierno central y de los gobiernos regionales “mineros” permite una solución oportuna.

El gobierno de Humala se ha dado perfecta cuenta que sin inversión el Perú no desarrolla. El candidato Humala era profundamente antiminero, el ahora presidente busca desesperadamente inversiones. Sabe que la inclusión social requiere recursos y estos no caen solos del cielo. Si es pragmático, como parece ser, tiene que buscar salidas efectivas, por más que vayan contra sus antiguos aliados. Tiene que ver los intereses del país en su conjunto y no sólo de pequeños grupúsculos de interés. Lo que haga o deje de hacer su administración en los próximos años, en lo que a inversiones se refiere, estará marcado por el cómo soluciona los conflictos mineros.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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Los balances de los cien primeros días implican una evaluación preliminar de cómo anda la nueva administración. Obviamente no es definitivo, pero indica “el perfil” de hacia dónde va. Para la evaluación se puede tomar como parámetros de referencia lo que prometió en campaña o lo declarado en el plan de gobierno, a fin de contrastar lo dicho con lo que está haciendo, lo que falta por hacer o los necesarios cambios en el camino.

El primer inconveniente es qué plan de gobierno contrastamos, si “la gran trasformación”, furibundamente estatista, o la más flexible “hoja de ruta”, aparecida cuando el candidato Humala pasa a la segunda vuelta. Evidentemente que es la hoja de ruta el instrumento eje que delimita actualmente la política del gobierno.

Pero, ¿ello significaría que estamos ante un “aggiornamento nacionalista” y aquellos que no votamos por Humala en ninguna de las dos vueltas podemos respirar aliviados?

Creo que no. Las cosas no son tan diáfanas como algunos sostienen. No todo es blanco o negro en la administración humalista, más imperan las ambigüedades o los tenues grises.

Si bien existe un continuismo de la política económica, dado que cambiarla significaría trastocar todo un sistema que se ha ido decantando en los últimos veinte años, ello no implica que no existan al interior del gobierno tendencias radicales que exigen la ejecución del programa de “la gran trasformación” y no hacer tantas “concesiones” a la derecha.

Son las mismas tendencias que tratan de limitar la libertad de expresión y de prensa con leyes draconianas, ejecutar una política económica intervencionista, crear el clima necesario para “el retorno” a la Constitución de 1979 o negarse a una política no tan dialogante, sino más bien impositiva, en representación, según ellos, de “los sectores populares”. Son los que claman por una mayor radicalización del gobierno nacionalista, “más a lo Chávez que a lo Lula”.

Entre esas dos tendencias, los “moderados” y los “radicales”, se mueve el gobierno de Humala. Por el momento son los moderados los que priman, pero todo dependerá cómo marche la correlación de fuerzas y los factores externos (como la recesión internacional que nos podría afectar) para que cambie el panorama.

Puede parecer “burgués” o poco importante; pero, los derechos políticos son consustanciales al ciudadano y piedra angular de los derechos sociales y económicos. Por ello es que “no se puede bajar la guardia” ante cualquier indicio, por más leve que sea, de esas “pulsiones totalitarias” que alberga el humalismo en su seno, así se diga que es “histerismo de derecha”.

LA INCLUSIÓN SOCIAL

Es una definición que por su constante uso va perdiendo sentido e inclusión social puede significar desde otorgar subsidios directos hasta cambiar las estructuras sociales. La pregunta no es tanto si se está de acuerdo o no, sino qué se entiende por esta y cómo se pueden implementar las políticas necesarias para favorecerla.

Para que sea permanente la inclusión social (entendida como que todos los peruanos seamos iguales ante la ley –igualdad formal- y tengamos oportunidades similares de ascenso social, así como de tener una vida digna –igualdad material-) requiere de cambios profundos y estructurales, principalmente en sectores como salud, educación y calidad de empleo, igual que en las condiciones para generar riqueza y distribuirla adecuadamente. No se produce de la noche a la mañana, ni en un solo gobierno. Requiere de políticas públicas a largo plazo y en concertación con el sector privado. Por ejemplo, cómo hacemos para mejorar la educación inicial, a fin que los niños de los colegios estatales terminen primaria manejando con suficiencia las operaciones matemáticas elementales y comprendiendo lo que leen, aparte de conocer el inglés y manejar las tecnologías de la información. Solo para llegar a ese objetivo requeriría años de esfuerzo e incluso que el gobierno colisione con la dirigencia del Sutep, uno de sus principales aliados. ¿Lo hará? Todos sabemos que no.

O, cómo hacemos para corregir las desigualdades sociales en, por ejemplo, Puno. Aplicar políticas correctivas en la región del altiplano significaría “colisionar” con aliados del gobierno como los cocaleros o luchar frontalmente contra el contrabando. ¿Lo hará? Igualmente sabemos que no. Ya no hablemos de políticas redistributivas o de generación de riqueza que implicarían un “choque frontal” con “aliados naturales” del humalismo que lo ayudaron a llegar a la presidencia de la república.

Precisamente esas enormes expectativas que generó su candidatura como sinónimo de “gran cambio” o justicia para los más pobres, así como las alianzas que estableció con sectores sociales disímiles, se pueden trasformar en una enorme desilusión de no cumplir mínimamente lo ofrecido. De quedarse en “el discurso revolucionario” disociado de la realidad. O también puede suceder lo contrario: que para cumplir sus promesas electorales desequilibre el presupuesto público en un contexto de coyuntura internacional bastante delicada. Lo primero sería un drama, lo segundo una tragedia.

Humala se alió “con Dios y con el Diablo” para llegar al poder, con sectores sociales, políticos y económicos contradictorios entre si, por lo que tiene un límite para la ejecución de su programa, límite impuesto por los mismos sectores que lo apoyaron, bajo pena que en caso de “una traición” del presidente hacia ellos, le hagan la vida difícil; como a su vecino Evo en Bolivia.

Mas bien el gobierno de Humala ha elegido el camino fácil del asistencialismo, sea en dinero o en bienes, pero cuyos frutos a largo plazo no se traducen en una mejora significativa de calidad de vida, sino en dádivas que vuelven dependientes a los beneficiados (similar en esencia a “la caridad” que la derecha ejercía con los más pobres), lo cual los convierte en un bolsón político de votos, así como en “portátiles” útiles para las movilizaciones a favor del “caudillo”. Es lo que siempre ha sido, por ejemplo, el Pronaa, y una de las razones de la resistencia a la renuncia de la cuestionada ministra de la mujer, es el manejo político del programa.

LA CORRUPCIÓN

A cien días de gobierno, la administración Humala muestra casos de presunta corrupción que afecta hasta a su segundo vicepresidente, acusado de tráfico de influencias a favor de un conocido grupo económico (y, hasta hace poco, integrante de la “megacomisión” que investigará al APRA por el quinquenio anterior).

Para un gobierno que recién comienza, estos casos afectan seriamente la credibilidad y legitimidad del régimen. El asunto es cómo va a enfrentar los casos de corrupción en sus propias filas y, en particular, el delicado caso de tráfico de influencias en que se encuentra implicado su segundo vicepresidente. ¿El gobierno será trasparente y actuará conforme a su credo en campaña (lucha frontal contra la corrupción) o “montará un show mediático” para la platea y al final todo quedará en nada?

De no manejar adecuadamente los casos de corrupción dentro de sus propias filas, puede ser su talón de Aquiles y sería irónico que el gobierno, una de cuyas banderas durante la campaña electoral fue la lucha contra la corrupción y la inmoralidad, termine sumido en variopintos casos de corrupción.

¿REELECCIÓN DEL HUMALISMO EL 2016?

Todavía es prematuro afirmar si Ollanta Humala buscará la reelección inmediata o la sucesión a través de su esposa. Ganas no les faltan y con partidos políticos débiles en la oposición, es un manjar delicioso relativamente fácil de disponer; pero dependerá mucho de la correlación de fuerzas que aludíamos en la primera parte de este artículo. Es evidente que Humala, a falta de un partido orgánico y con muestras de notoria indisciplina en el suyo en apenas cien días de gobierno, se está asentando sobre el ejército como poder fáctico, algo similar a lo que hizo Fujimori en los noventa. Pero, el otro poder sobre el que se asentó el fujimorismo fue el gran empresariado. Teniendo contento a los grandes empresarios y a la cúpula militar, Fujimori marcó un derrotero populista que le otorgó “oxígeno” al proyecto autoritario por diez largos años. ¿Humala podrá hacer lo mismo?

Creo que de hecho ya está “coqueteando” con los grandes empresarios, imitando más a Fujimori que a Chávez, en una suerte de “populismo de izquierda”, pero sin afectar la propiedad de los poderosos (debemos recordar que a la derecha nunca le importó la democracia ni los derechos humanos, con tal que la dejen hacer sus grandes negociados). Dudo que veamos nacionalizaciones masivas o controles de precios.

Sería una genial “boutade” de la historia (estoy pensando en la célebre frase de Marx que sobre la historia decía que se repite como comedia lo que otrora fue drama) termine su quinquenio no “al ritmo del chino”, sino “al ritmo del cholo”.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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A la par que los indignados en Europa, Estados Unidos o Israel, en Chile también protestan como no se veía hace mucho tiempo. Si bien al inicio fueron solo estudiantes de secundaria y universidad; luego se sumaron las centrales sindicales, en una suerte de efecto “bola de nieve”, con paros, marchas de protesta y violencia en las calles santiaguinas, muy distinto a las imágenes de la “Suiza Latinoamérica” a la que nuestros vecinos del sur nos tienen acostumbrados. A tal punto que han obligado al gobierno de Sebastián Piñera a invitarlos a negociar en el propio Palacio de La Moneda.

Pero, ¿qué reclaman estos muchachos? Algo que para nosotros no nos es ajeno: educación gratuita y de calidad.

El gobierno de Piñera les ha querido conceder algunas peticiones, pero los estudiantes se mantienen en sus trece: todo o nada. Recorren calles, realizan protestas, algunas veces pacíficas, otras en colisión con la policía. No ceden en sus planteamientos, ni temen perder el año escolar, quieren una verdadera reforma que nivele el acceso a la educación, puerta clave para el ascenso social.

Una de las herencias del gobierno de Pinochet fue el costo de la educación, vale decir no existe, como entre nosotros, la educación totalmente gratuita, sino un sistema de pagos por el servicio educativo y, aquellos que no disponen de ingresos propios que les permitan sostener una carrera a largo plazo, deben recurrir al crédito estudiantil, pagado cuando el estudiante sea un profesional.

La educación en Chile, dicho sea de paso, no está mal. Es más, sus universidades se han ganado un merecido prestigio (aunque Jorge Edwards en reciente artículo se quejaba de la incuria de los jóvenes chilenos en los estudios). En comparación con las nuestras, no padecen, por ejemplo, de “las universidades chicha”, centros de estudios que funcionan en ambientes precarios y sin las mínimas condiciones de solvencia académica. Lo que aspiran los estudiantes chilenos es a una “democratización” del acceso educativo, vía la gratuidad de la enseñanza. No terminar los estudios universitarios con deudas, que ahora se hacen más difíciles de pagar por la crisis y el aumento en las tasas de interés, sino que la educación sea un derecho social pleno.

Contrastando con nuestra realidad, me preguntaba hasta qué punto es posible conciliar gratuidad con calidad. Y, me parece, es un tanto inviable, sobretodo si no se cuenta con un gran presupuesto que permita un gasto sostenido y enorme en educación.

Uno de los efectos sociales del proceso de democratización que vivimos en Perú desde hace treinta años fue la necesidad de atender la veloz y amplia demanda educativa. Las ciudades fueron creciendo, principalmente Lima, lo que obligó a los gobiernos de entonces a multiplicar el número de escuelas y también de universidades (amén de “improvisar” profesores reclutados para prestar el servicio); participando activamente el sector privado que, en pocos años, de actor secundario pasó a ser protagonista de la educación en sus distintos niveles, con todos los problemas que ya conocemos: La calidad fue vencida por la cantidad.

Por ello, es un poco difícil conciliar calidad con gratuidad y esta con cantidad (dado que se deberá atender a una amplia demanda). Quizás lo más sensato es ir gradualmente a un modelo que permita acceder a la educación para todos o créditos educativos a tasas de interés blandas; aunque como están las cosas entre el gobierno chileno y los jóvenes protestantes, es algo difícil de consensuar.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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Una de las taras de la política local, y del nacionalismo en particular, es ver el estado como botín para los iguales, los que profesan la misma fe. Es el espíritu de manada de la jauría hambrienta. Y si las normas prohíben o hacen imposible que los amigos ingresan a mamar de la ubre fiscal, se cambian las normas. No faltaba más.

El gobierno de Ollanta Humala está ofreciendo con mucho entusiasmo enormes pruebas al respecto: flexibilización de los requisitos para ingresar a la carrera pública, sin título profesional ni experiencia de por medio, que eso es un estorbo; nombramiento de asesores sin los estándares mínimos requeridos, tanto en el ejecutivo como en el legislativo; designación o promoción descarada de familiares de la pareja presidencial y de sus ministros para cargos de confianza; licenciamiento forzoso de diplomáticos de carrera para dar cabida a los otros; viajes de la pareja presidencial y de su familia por todo el mundo, pagados naturalmente por todos los peruanos. Son solo algunas perlas de “la gran trasformación” en los primeros sesenta días de gobierno “nacionalista”.

Mientras continúa la repartija de cargos, los profesores del sector público no tendrán aumento ni carrera pública. La ministra del sector ya advirtió que no habrá aumento para los docentes y la carrera pública queda en suspenso hasta nuevo aviso. Total, la educación siempre fue la última rueda del coche y los maestros los habituales sirvientes de sexta; salvo ser parte de la dirigencia del Sutep, como algunos “izquierdistas”, que gozan de los privilegios del poder como cualquier cacique de derecha, mientras los agremiados del magisterio que dicen representar solo ven el banquete desde la calle.

El “estado como tribu”. Como derecho del vencedor y el grupo de incondicionales del jefe de la jauría. Y para entretenimiento de las masas el circo de la “megacomisión contra los corruptos” o, mejor aún, la gran payasada del reality show llamado “Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana”, donde el señor presidente de la república en vivo y en directo ordena a sus ministros, convertidos en ujieres, hacer esto o deshacer aquello. Hasta el presidente de la Corte Suprema ha decidido protagonizar entusiastamente siquiera un papel secundario en la farsa de marras, manteniendo así el gobierno una cortina de humo, mientras la manada sigue repartiéndose las mejores presas de eso que se llamaba estado.

Este gobierno tiene por delante 58 meses de gestión. No quiero imaginar cómo quedará el estado terminado (en el mejor de los casos) el mandato presidencial en el por ahora lejano 28 de Julio de 2016. Pero, lo que la historia demuestra es que, nos guste o no, parafraseando al recordado cantante, “todo tiene su final”.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 

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Si en algo es necesario otro ministerio, es en la ciencia y tecnología. Tener un enfoque miope de ver “solo burocracia” es no tener conciencia de la importancia de estas dos ramas del saber. Como dice el doctor Modesto Montoya, estamos perdiendo competitividad en innovaciones, ya no frente a los grandes colosos, sino ante nuestros propios vecinos, y ello significa que en un futuro no muy lejano como país nos iremos rezagando, seremos “el último vagón” en el tren de la historia; porque el futuro, nos guste o no, lo marca la ciencia y la tecnología.
EJJ

El tipo de ministerio para ciencia y tecnología que necesita el Perú Por: Modesto Montoya Físico nuclear

Las actividades de ciencia, tecnología e innovación (CTI) dan lugar a productos y servicios que mejoran el nivel de vida de la población y la competitividad de los países. No obstante ello, históricamente en el Perú el Estado las ha desdeñado. Sin embargo, algunos analistas señalan que el país ha tenido programas exitosos de promoción de ciencia, tecnología e innovación. En un año, el Perú ha bajado del puesto 110 al 113 en el ránking de la innovación elaborado por el World Economic Forum (WEF). Por rubros, el Perú ha pasado del 95 al 99 en capacidad para innovar; del 113 al 118 en gasto empresarial en investigación y desarrollo; y del 101 al 102 en disponibilidad de científicos e ingenieros. El tema es cada vez más preocupante porque de esos indicadores depende la sostenibilidad del crecimiento de todo país. Por ello, este año ha sido abundante en encuentros entre científicos, ingenieros, empresarios y políticos, en busca de políticas para impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación.
En el Encuentro Científico Internacional 2011 de verano, Ollanta Humala, líder de Gana Perú, propuso la creación del ministerio de ciencia y tecnología (MCT) para desarrollar la ciencia, tecnología e innovación (7/1/11). Luego de su triunfo, el primer ministro Salomón Lerner ratificó esa propuesta en el Encuentro Científico Internacional 2011 de invierno (5/8/2011) y en su primera presentación en el Congreso (25/8/2011).
Entre los temas que, según los agentes de la ciencia, tecnología e innovación, debe abordar el futuro ministerio de ciencia y tecnología mencionaremos cuatro:
Primero, el nuevo ministerio debe lograr la articulación y optimización de los esfuerzos en ciencia y tecnología que realizan instituciones y empresas nacionales, con las cuales en consenso se prioricen las líneas de investigación en las que contemos con mayores ventajas competitivas.
En segundo lugar, el nuevo sector debe crear y gestionar la carrera de ciencia, tecnología e innovación en el Estado, la que promueva la formación, retención y atracción de investigadores científicos y gestores talentosos, de modo que las empresas tengan la garantía de contar con personal de probada calidad para ejecutar proyectos en colaboración con universidades o centros de investigación del Estado.
Además, el órgano rector de la ciencia y la tecnología tiene que potenciar y gestionar el fondo para ciencia, tecnología e innovación, el mismo que otorgará recursos por concurso para proyectos en las líneas priorizadas.
El cuarto tema se refiere a la formación desde la niñez de científicos e ingenieros y a la promoción de la ciencia y la tecnología en todos los ámbitos de la sociedad y el Estado.
Lo que falta ahora es definir la organización del nuevo ministerio para tener mayores probabilidades de éxito en la aplicación de las políticas para impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación. Se trata de abordar, entre otras, las siguientes interrogantes: ¿qué tipo de ministerio de ciencia y tecnología necesitamos para el Perú?, ¿debe adscribir algunos institutos del Estado?
Además, ¿se debe crear un centro interdisciplinario de investigación?, ¿debe absorber algunas de las actividades del Concytec?, ¿debe existir una carrera de ciencia y tecnología a la que se ingrese por méritos y se retire cuando deje de producir?, ¿debe gestionar uno o varios fondos?
Estamos perdiendo la competencia por el conocimiento. No podemos seguir en esa dirección. El consenso de los agentes de la ciencia, tecnología e innovación en torno a esas interrogantes será muy útil para que en el Poder Ejecutivo y en el Congreso se tomen las decisiones de políticas que nos saquen de la cola en el ránking de la innovación.
Fuente: Diario El Comercio

 
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Existen hechos que cambian la vida de las personas y las naciones. Ni Norteamérica ni el mundo fueron iguales luego del atentado contra las Torres Gemelas del 11 de Setiembre de 2001, comenzando apenas el nuevo milenio.

No solo es un extremo de medidas de seguridad que uno aprecia desde que desembarca en suelo yanqui, sino también una suerte de paranoia vivida al interior de Estados Unidos, quizás sin comparación desde los aciagos días de la II Guerra Mundial.

A nivel ideológico, el 11-S posibilitó la justificación para la aplicación de las llamadas “guerras preventivas”. Es decir no era necesaria la existencia de un acto de agresión externo, sino bastaba la sospecha que un país albergaba terroristas o “armas de destrucción masiva” que ponían en riesgo la seguridad de Norteamérica para justificar una invasión. Fue la justificación para invadir Iraq y Afganistán, y también para pasar por alto los derechos humanos de “presuntos terroristas”, detenciones sin orden judicial en cualquier parte del mundo e internamiento en prisiones especiales sin juicio previo, como las de Guantánamo. (Si analizamos la relación del arte con la realidad, ese clima fue descrito muy bien en una serie de tv sumamente popular en aquellos años: 24).

Se vivió una paranoia, es cierto, pero sobretodo la comprobación que la política de la nación más poderosa se encuentra por encima de los procedimientos democráticos, y el objetivo en ese entonces era capturar vivo o muerto (creo que más muerto que vivo) a Osama Bin Laden, el autor intelectual del 11-S.

Aunque también esa paranoia puede servir de reflexión a una tesis riesgosa, pero realista: que en ciertos momentos excepcionales de la historia se hace necesario “violar” o restringir ciertos derechos de la persona a fin de lograr un objetivo político o de seguridad nacional. Se que los “puristas” en derechos humanos, “políticamente correctos”, pegarán el grito en el cielo y calificarán tal tesis como aberrante; pero desde la “real politik” es perfectamente aplicable, como en los hechos ocurre así.

Pero también se comprobó que la economía norteamericana se mueve por la guerra. Es decir que la compra de armamentos para ser usados en un conflicto externo “aceita” los engranajes de la economía yanqui. La II Guerra Mundial lo comprobó, Corea y Vietnam también, y luego las “guerras preventivas” en Iraq y Afganistán. Ellos tienen la mitad del presupuesto bélico mundial. (Amén del negocio de “la reconstrucción” del país luego de ser destruido por los bombardeos).

Osama Bin Laden ha muerto y Al Qaeda, al parecer, ya no tiene la misma fuerza de hace diez años atrás. Curiosamente la implacable persecución y aniquilamiento de uno y otra ha originado gran parte del déficit fiscal norteamericano. Gastos militares en una década de “guerras preventivas”. Una “venganza” un tanto cara, dicho sea de paso; aunque, en su lógica de “real politik”, el petróleo (fin geopolítico último) las justifica.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es

 
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